Desde que todos los días son domingo, siento que el olvido es como el invierno, solo te acostumbras a él con el tiempo. Y es precisamente tiempo lo que siempre falta, o lo que sobra entre tanta nostalgia.
Tiempo es el que nos roban, el que se ausenta, el que grita. Él es el que nos huye y el que nos hacen perseguir, como si fuéramos productos con la existencia planificada y la obsolescencia programada existiera más allá del mito. Es inevitable pensar que ahora el mundo se divide en quienes determinan y quienes están determinados, que, tras una vida útil, tras un periodo de tiempo establecido, perecen para ser renovados.
¿Que qué es una vida útil? Nadie lo sabe. Pero la utilidad es para los cobardes, para quienes no saben para qué sirven los versos o los acordes, para quienes se preguntan cuánto dinero dan las palabras o quién vive del arte. La conveniencia es para quien tiene miedo a vivir, para los hombres que no son capaces de mirarse al espejo y, sin embargo, siempre conocen las respuestas a los enigmas ajenos. La funcionalidad es para todo aquel que desconoce el caos de una buena conversación, la anarquía del perdón, el desorden en una línea recta o el desconcierto del amor.
Por eso hoy regalo una vida útil; todo a cambio de un poema.

