Érase una vez un jubileta que odiaba los lunes; los lunes no quería hacer nunca nada, ni siquiera ponerse el chándal gris marengo y las alpargatas del ocho -hoy bellamente sustituidas por unos tenis Adidas- para ir a comprar el pan. Los lunes, el jubileta se tapaba hasta más arriba de la cabeza con el edredón y se metía en un mundo que no existe, un mundo oscuro, pero agradable. Luego se dejaba vencer por el sueño hasta la hora de comer. Ni siquiera destapaba los calderos a su mujer, con gran cabreo de ésta; ni tampoco salía a la calle de al lado para mirar la obra en marcha, por el agujero exclusivo que él mismo había abierto, del tamaño del ojo, en la valla verde de protección. Nada.
Ni acudía al médico del seguro, ni protestaba por el copago farmacéutico, ni se reunía con otros de su condición en la rambla para decir gilipolladas, ni miraba por enésima vez la cuenta del banco a ver si los 75 céntimos que le quedaban de la pensión habían hecho cría. Los lunes, el jubileta se metía en la cama, esperando al martes como agua de mayo, porque con el martes se va acabando la semana y de eso se trata. El martes regresaba a los calderos, a la valla y a la panadería; a mirar, sin ver, el culo blanco y lleno de delantal de la dependienta. Y al banco, esto que no falle. Qué triste vida la de ese jubileta, anciano prematuro, prejubilado y envejecido por el propio sistema, que no se ve capaz de aprovecharlo; a él que tantas cosas le quedan por hacer y que decir. El jubileta es una víctima; la sociedad es el verdugo. ¿Y saben lo peor? Que no hay remedio.
