en la carretera

El valor de educar

Me apetece, lo necesito, es una medicina que preciso por una serie de injusticias que he vivido muy de cerca en días pasados. Para mí, escribir, leer, conversar –aquellos que me conocen lo saben- son el mejor jarabe contra mi catarro primaveral

Me apetece, lo necesito, es una medicina que preciso por una serie de injusticias que he vivido muy de cerca en días pasados. Para mí, escribir, leer, conversar –aquellos que me conocen lo saben- son el mejor jarabe contra mi catarro primaveral. Por eso, nada más que por eso, al ver que algunos pisan el trabajo de personas que han dado más de 50 años a la enseñanza, escribo, es mi arma, la que Dios me ha dado, y la que me libera.

He tenido la suerte, dentro de poco, en verano, la suerte “afortunada”, como bien señalaría Lorca, de reencontrarme con las aulas, las que no quiero, no deseo abandonar, pues fue una notoria equivocación alejarme de ellas. Hace más de un año, volví a encontrarme a un señor, don Manuel Chinea, al que ya de pequeño había visto, pues mi Colegio de pequeño, el Colegio Chamberí, era, podríamos decir, un primo hermano del Colegio Virgen del Mar, en el que hoy he vuelto a avistar la belleza de la enseñanza, “El valor de educar”, como lo llamaría, Fernando Savater, al que, gracias a Dios, vuelvo a releer, ahora habitualmente, para prepararme mis clases. Allí estamos, en Santa María del Mar, enseñando que es lo que sabemos hacer, o por lo menos lo que todos los días seguimos aprendiendo, día a día, mañana a mañana, para seguir enseñando. Porque aprendemos todos los días, hasta en las aulas, en lo cooperativo, entre las increíbles competencias que todos nuestros alumnos tienen. Seguimos aprendiendo al lado incluso de personas que llevan más de 50 años en la docencia, como don Manuel Chinea. Y, yo, sin miedo a ningún comentario insolente, me quito también el sombrero ante profesores como don Manuel, que han ido integrándose en los nuevos momentos de la enseñanza, habiendo participado de muchas Leyes de Educación, y adaptándose a ellas, así como, lógico, desde su dirección educativa, invitando a que su equipo de profesores se adapte y adecúe a esas nuevas normas y formas de la educación. Así, diariamente, y soy testigo de cómo todos mis compañeros lo hacen, vivo la suerte de tratar con personas, con alumnos, a los que miramos principalmente como niñas y niños; chicas y chicos, a quienes sus padres, la sociedad, y hasta Dios mismo, nos han entregado para que les demos lo mejor de nosotros dentro y fuera de las aulas. Siento eso todos los días. Por ello, doy gracias, como lo sé hacer, desde mis líneas.

Pero la poca sensatez y hasta las redes sociales, que hoy parecen hasta más importantes que la vida misma, y más importantes que el agradecido saboreo de poder intercambiar una conversación con el de al lado, a veces intentan derribar eso tan bello que nos gusta hacer y que nos gusta sentir “El valor de educar”.

Los chicos te enseñan lo sencilla que es la vida, y esa suerte te ofrece la libertad de hallar lo mucho que la complicamos los adultos. Es como pensar en los Reyes Magos, para los niños no es más que “una bendita y feliz ilusión, magia de magos mágicos”, para nosotros muchas veces es el infeliz consumo y solo eso. Pues igual, para ellos, para estos pequeñajos –a veces pequeñajos de 16 o 17 años, y hasta 18- la educación, todos los días, puede ser un rollo. Es lógico, es parte del decorado de su edad, con esos contamos los maestros o profesores. Pero que adorada y bendecida es su agradecida sonrisa, aunque sea a regañadientes y mirando hacia abajo. Agradecido es el ver cómo disfrutan con lo aprendido. Porque disfrutan, se los aseguro. Por eso por los niños, yo agradezco que aquellos viejos profesores nos hayan abierto sus puertas, como nos pedía hace poco José María Toro –sabio educador y especialista en Educación en Valores-. Esos sabios educadores, que todavía encuentran la felicidad del quehacer diario en las aulas, como ocurre con don Manuel Chinea, y con tantos otros.
Para esos que no creen en el valor del maestro, del profesor, y que se confunden al opinar alegremente sobre el trabajo de personas que han dedicado toda su vida a educar, les dejo este final de mi comentario. Hace ya algunos años, más de treinta, un erudito y “viejo” profesor de Latín, don Sancho –y les aseguro que él estaba satisfecho de haber llegado a esa edad para ser un viejo profesor-, me decía: “un buen profesor todos los días, hasta en el Latín, tiene que crear algo nuevo, y hacer que tu querido alumno se lo lleve en el bolsillo metido, como su mejor regalo vespertino. Si no es así, quien se dedica a esto de enseñar no habrá logrado su cometido”.

Qué gran verdad don Sancho. Qué cosas años después, justo el año que mi bella mujer, Cristina, me dijo que sí, que se quería casar con este desastre de hombre, en el 1997, leí algo parecido en el libro que he utilizado para titular este comentario: “El valor de educar”. En él otro viejo profesor y filósofo, Fernando Savater, y por ello no menos sabio, sino más dotado de sabiduría, por la que dan las canas, nos dice: “Sobre todo el profesor tiene que fomentar las pasiones intelectuales, porque son lo contrario de la apatía esterilizadora que se refugia en la rutina y que es lo más opuesto que existe a la cultura”. Fíjense, ser mayor, ser alguien que peina canas, y que ha vivido muchas leyes de enseñanza, no se opone, ni se enfrenta a poder seguir aportando cosas y verdades para la educación, y por ende, a nuestros alumnos, a nuestros agradecidos alumnos. Ése es el valor de educar.
Dedico esta sencilla y humilde columna, a todos aquellos “viejos profesores”, a quienes nos han dado su gran sabiduría y ya no están, y a esos viejos profesores que nos siguen dando nuevas lecciones todavía en las aulas. Gracias.

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