soliloquio

Por favor, más campaña no

Nos lo sabemos todo y más. Es más, estamos hasta los mismos de aguantar el buen rollito —patético— de los pimpollos, a los que se les ha ocurrido hacer la misma gracieta

Nos lo sabemos todo y más. Es más, estamos hasta los mismos de aguantar el buen rollito —patético— de los pimpollos, a los que se les ha ocurrido hacer la misma gracieta, la de proponer para que nos meta en cinta a un director gerente de los de toda la vida o a un consejero delegado al uso, una de esas cabezas privilegiadas de las que es experta y fue contratada para elegir, Aguirre, la que no se calla nada. El jacobino lo planteó primero, lo hizo recién se conocieron los resultados electorales de diciembre y como le pareció poco postuló por segunda vez la broma en marzo. La semana pasada le copió el chiste el jovenzuelo, Albert, no tenía otra cosa mejor que decir la misma gracia que su antípoda.

Si no se lo cuento reviento; la diferencia entre guanajos y gansos es sutil, consiste en que los segundos son como los primeros, o sea, lolailos pero a la vez vagos. Ejemplo palmario de esta práctica guanajista es la analogía que practican, los del cafetito por la tele; Albert e Iglesias son el agua y el aceite, discrepantes pero de forma chachi. Siempre igual, cosa que cotejan por el celular, el primero en sus líneas y el segundo en sus trincheras.

Quedaron en hablarse, esta vez cara a cara, de la mano de Pedro, ¿los tres tenores?, No, ni por esas; a Pedro lo encarnaba su Sancho Hernando y a Albert su segundo o algo así, su negociador. Como no podía ser de otra forma por los concéntricos tenía que ir por si iba la tele, el centro de todos los círculos que en el mundo han sido ¡Total, como no tienen nada que decir, hacer, ni saben! Da lo mismo que lo mismo da. El encuentro duró lo que un cortado, eso sí, ciento y tantos días después, euro sobre euro cada uno desde el primer día debido al agotamiento lumbar que produce el recueste hamaquero. Desde que conocieron la resiliencia, son capaces de adaptarse a lo que haga falta, que si esto que si lo otro, que si lo de más allá, algún que otro desplante o dale que te pego de cara a la claque, y punto.

Nos abrió los ojos el filósofo circular, Amirola, al que se le ve el plumero. Vino a meter de nuevo el dedo en la llaga del pobre Pablo, el errejonista descubrió nos la pólvora mojada al contar que la fractura de los círculos se da entre los que quieren firmeza y la vuelta a las esencias radicales y los moderados, presos por la tentación de gobernar: «En realidad, tanto el imaginario desde el que se construye la división como esa pretendida vuelta a las esencias serían dar pasos hacia atrás. Lo que queremos es construir una mayoría popular nueva, caracterizada por su transversalidad, esto es, con capacidad para atravesar los campos enemigos de uno a otro lado, pasar por encima y por debajo de ellos indiferentemente y plantear una construcción hegemónica. Ésta priorizaría una dimensión vertical de la política —el eje arriba-abajo o la relación entre gobernantes y gobernados—, conectando con la crisis de régimen realmente existente y la desafección política mayoritaria, para embutir nuevas demandas, reanudar viejas batallas en términos nuevos y construir una mayoría popular capaz de cambiar el país». ¡Qué te compre quien te entienda!

Votamos cuando nos lo pidan pero sin más. Estupendo, diría Forges

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