Todo tiene un límite. Miro alrededor y todo es corrupción o picaresca. El hastío me invade tras la sucesión, el goteo de casos de corrupción por todas partes; de esa gente que se lo ha llevado calentito, ya sea a Panamá o a Suiza. El saqueo de las arcas públicas, esas que entre casi todos llenamos amargamente con impuestos, tasas, deducciones y demás imposiciones fiscales únicamente merece mi desprecio. Por momentos pienso que este vodevil mediocre debe obedecer a algún tipo de campaña para ventilar toda la pobredumbre de la que somos capaces en este país.
Nadie, de ningún sector, parece escapar a la tentación de ganar más, de cualquier manera, con contratos falsos, pellizcos pecuniarios, mordidas, comisiones, fuga de capitales, desmarques de la vigilancia fiscal… Nunca seremos capaces de comprender la entidad del latrocinio que se ha perpetrado y, lo peor, ya llega un punto en el que nos da igual porque nadie de las clases dominantes, reinantes, políticas, empresariales, religiosas, sindicales… parece estar a salvo de esta tentación de pagar menos o ganar más ilegalmente.
Pero no seamos ilusos, la corrupción también está plenamente instalada en la sociedad, entre nuestros familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo… acaso no conocen cada uno de ustedes múltiples ejemplos de caraduras de bajo calibre. Me refiero a esos que inventan familiares con algún tipo de discapacidad para beneficiarse de descuentos; o aquellos que simulan accidentes para cobrar de los seguros; los que disfrazan la necesidad aun percibiendo distintos ingresos; los que no cotizan a la Seguridad Social; los que prefieren olvidarse de las facturas… eso sí, muchos de ellos son los mismos que luego claman por unos servicios públicos mejores, se benefician de la sanidad pública, de las prestaciones por desempleo injustificadas, de subvenciones, ayudas o becas para sus hijos… El listado sería interminable.
Ante tal estado de las cosas y después de toda una vida pagando y cumpliendo, voy a empezar a cavilar la posibilidad de envolverme en una bandera anarquista (curiosa contradicción) y apelar a la insumisión fiscal, no poner un céntimo más para que otros lo roben, se lo ahorren o lo disfruten sin merecerlo. Es probable que yo si acabe en la ruina, en la cárcel y perseguido por los esbirros fiscales hasta la última cueva en la que nos escondamos, mis ahorrillos y yo. Esa es la gran diferencia.
@felixdiazhdez

