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por qué no me callo

La calle, la siesta

Julio Tovar y Octavio Paz hablan de una calle sin vida. Hemos entrado en esa calle provinciana en la que no pasa nada ni nadie

Julio Tovar y Octavio Paz hablan de una calle sin vida. Hemos entrado en esa calle provinciana en la que no pasa nada ni nadie. Todo se quedó quieto una vez y ahora cuesta trabajo hasta el bostezo. Esto de decir que sí a Europa hace treinta años no fue moco de pavo. Ni aquellos viajes de Hermoso a Cuba eran florituras, o los que hizo en plan Gulliver por las cancillerías de Europa para conversarles de estos enanitos pidiendo árnica al gigante. Nada, islitas, en el filo de la navaja, donde las aguas trajeron más tarde los cayucos con niños a ahogarse a nuestros pies. Europa nos oía y nos hacía caso, era curioso. Fue la primera vez en la historia que nos dimos importancia. Que nos lo creímos. Cosa rara. Francisco Aznar, que diseñó una diplomacia canaria de tapadillo sin levantar sospechas -Romeva lo debería fichar-, iba tejiendo relaciones por los continentes, en las capitales de Europa y las posesiones canarias de ultramar (Cuba, Venezuela, Uruguay, San Antonio de Texas…, nuestras finquitas), y en Senegal, Mauritania, Cabo Verde, antes de limar las asperezas polisarias con Marruecos. Era un lío inteligente, un enjambre de relaciones posibles humanas. Se veía natural celebrar una Cumbre Iberoamericana al abrigo del Teide. Como decía Gallardón en el Foro Premium de esta casa, Canarias se ganó la empatía de América. Cuando aquel rey promulgó el tributo en sangre para que cinco familias canarias poblaran América por decreto cada cien toneladas de mercancías que llevaran los barcos, estaba fundando un imperio de alianzas que nos concernía para siempre. A Carlos II le salió el tiro por la culata, nos impuso una condena y nos regaló un planeta en el espacio de oportunidades. “Isleños”, nos llamaba Fidel, que reapareció ahora en una escuela con casi 90 años. Y teníamos un buen amigo en París, Federico Mayor Zaragoza, que dirigía la Unesco. La rectora Marisa Tejedor puso en órbita proyectos del bicentenario de la ULL que presidía la reina. Aznar -el nuestro- atraía la mirada de la ONU hacia los foros del Tricontinental, que aprobó la carta de Cousteau de los derechos de las generaciones futuras. Estábamos en la champions. Canarias hacía cosas con cierto ringorrango para que la quisieran. Ahora hacemos lo que se espera de nosotros. Poco. Nada. Eso. Nos ganamos demasiada fama, nos dieron patrimonios de la humanidad, nos metieron en los tratados de Europa. ¿Nosotros? Y nos dormimos a la bartola, la soñarrera, que dijo Unamuno. Ni que fuéramos a comernos el mundo. Hemos vuelto a esa calle larga y silenciosa de Octavio Paz donde no hay nadie. “Las piedras mudas y las hojas secas”. La siesta.

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