Las instituciones sindicales no tienen nada que decir a los trabajadores sobre sus preocupaciones de ahorradores, contribuyentes o consumidores; por no hablar de sus inquietudes como profesionales, padres y vecinos. Así lo escribió en La borrachera democrática, hace veinte años, Alain Minc. Quien entre otras cosas fue presidente de la sociedad de lectores de Le Monde remataba la idea recalcando que los sindicatos no eran -ya entonces- el actor social capaz de dar respuesta a todas esas aspiraciones. Dos décadas después la fotografía francesa de Minc vale para los sindicatos españoles, de los que poco se ha dicho al analizar la decadencia política e institucional que zarandea a España de años a esta parte. Que no se aluda a los sindicatos y sí a partidos e instituciones cuando se habla de la urgente regeneración de los actores sociales confirma que no se cuenta con ellos porque nada o menos aún se espera ya de los sindicatos. Han sido, junto a los intelectuales, los grandes ausentes de esta década. La aparición de los partidos emergentes -de Podemos, claramente- se explica, entre otras razones, porque los sindicatos no se atrevieron a plantar cara a un bipartidismo que dibuja su zona de confort. Las principales centrales son bipartidismo, mobiliario de la vieja política. A buenas horas -este domingo- vienen a clamar por un giro. Los cambios en el escenario donde se mueven los partidos deben llegar al oasis sindical, y rescatarlos del tiempo viejo que los acuna. Apunta el pensador francés que cuando se está al lado y se comparten los mismos ritos sociales del poder el juicio crítico se resiente. Los sindicatos se han resentido, mucho.
Ausentes
Las instituciones sindicales no tienen nada que decir a los trabajadores sobre sus preocupaciones de ahorradores, contribuyentes o consumidores; por no hablar de sus inquietudes como profesionales, padres y vecinos
