Tres burros escapan, en La Laguna, se meten en la autopista y uno muere atropellado. La buena noticia de la mala noticia es que siendo triste el episodio pudo serlo mucho más; porque, lamentándolo por el que murió, no deja de ser milagroso que unos burros trotando sin control autopista abajo no hayan provocado uno o más accidentes fatales. Las autoridades se han preguntado si la cerca del establo la abrió un vecino o los animales (si la abrieron los burros, muy burros no eran), ¿acaso las líneas de investigación abiertas están gestionándolas quienes años atrás llevaron el caso de los patos de La Catedral? No estaría de más que tengan en cuenta elementos circunstanciales que pueden parecer irrelevantes pero no lo son.
En primer lugar, que los burros procedan de Fuerteventura puede explicar su desorientación (e indignación), porque pasar de Pájara o Jandía a Los Rodeos, así, sin transición, no es fácil de metabolizar. Y, en segundo término, está el papel de quienes circulaban por allí a esas horas. Pudo costarles un susto, y dicho sea con toda la seriedad que merece, sin segundas; ahora bien, es inevitable detenerse en la descripción que algunos hicieron -los confundieron con caballos, ojo-; o, ya metidos en harina, imaginar qué habrán pensado los policías que reciben a las tantas una llamada denunciando que hay caballos autopista abajo. Con todo, el capítulo no acabó hasta que los conductores llegaron a casa, de madrugada, contando que vieron por Los Rodeos unos burros desorientados. Cariño, acabo de cruzarme con unos burros trotando por el aeropuerto -dijo, agitado-. ¿Trotando o volando? Métete en la cama y no des la lata, ya hablaremos mañana.
