El director de cine holandés Paul Verhoeven dijo que “nada distingue a los humanos de los caballos”. Lo expuso a propósito de la exhibición en el festival de Cannes de su última película, Elle (Ella). El autor de Instinto básico ha tenido que regresar a Europa, a Francia, para dirigir de nuevo. Y lo ha hecho como siempre, con una intensidad aplastante. Puso el guion sobre la mesa y buscó a la protagonista adecuada. Habría de ser una intérprete capaz de desinhibirse ante las cámaras. De lo que se trata es de una mujer violada. Pero ante la fuerza del macho se despliega el goce y ella lo acepta. La elegida fue Isabelle Huppert, una extraordinaria actriz. En la vida real nada tiene que ver con el personaje, pero lo bordó.
Sexo y violencia vuelve a proponer Verhoeven en las pantallas de un cine. Afirma que tampoco tiene que ver eso con su relación con el mundo. Luego, invento, ingenio, aunque lo aceptamos porque conocemos los modelos. Y eso ocurre también en los casos extremos. Digamos que no es “real” lo que Ridley Scott propone en la excepcional Blade Runner o lo que el Bosco da a entender en El jardín de las delicias. Mas, como podemos argumentar por el real, lo admiramos. Por eso existen, como los mortales. ¿Qué tienen que ver caballos y humanos? Lo que los caballos manifiestan es su modo de ser entre los vivos: tirar de la grupa al que en ellos se monte, trotar, comer hierba, reproducirse… En el otro lado del espectro lo que los todopoderosos nos concedemos, frente a los animales o las plantas, es el uso de la razón. Por eso somos las mejores criaturas del planeta. No queda aquí la cosa. Lo que Paul Verhoeven hace ver por su película es que una cosa son los arquetipos y otras las realidades. Si en raciocinio, confirmaríamos la ética (de tanta enjundia en el pensamiento), los patrones ideológicos, sociales o los económicos. No lo es del todo, o salvo las excepciones. El planeta no solo cuenta con violadores, sino que sumamos una inmensa cantidad de sinvergüenzas. Incluso los que han de imponer lo sensato como consecuencia (los políticos) no salen de rositas.
De manera que el arte aclama, como proclamó un filósofo que se llama Schopenhauer. ¿Qué nos queda para subsistir con lo que nos rodea? El instinto. Y por el instinto una de las tramas más resolutivas de los hombres y de las mujeres, eso que nos confirma: el placer. Y en el placer no hay palabras, acaso tampoco la razón dicha. Es decir, poco distingue a los caballos de los hombres.

