cuadernos de África

Ese brillo tan especial…

Me pidieron un diamante como prueba irrefutable de compromiso y huí como mi gato del Whiskas de saldo…Joshua trabaja de sol a sol en una bancada de barro en alguna tórrida ladera de Sierra Leona

Me pidieron un diamante como prueba irrefutable de compromiso y huí como mi gato del Whiskas de saldo…Joshua trabaja de sol a sol en una bancada de barro en alguna tórrida ladera de Sierra Leona. Descalzo y vestido en harapos, filtra litros de agua en una palangana a la espera de que un diminuto cristal llame la atención de sus ojos inundados en el amarillo de la malaria y el cannabis con el que lo tienen enganchado. Huérfano y con dos largas cicatrices en la mejilla, es un niño esclavo del RUF o Frente Revolucionario Unido. Tropel de hijos de la gran puta que sumió en un baño de sangre al pequeño y frondoso país africano en los años noventa. Hoy Sierra Leona entierra el pasado y una generación de amputados, ya no sólo en lo físico si no también en lo emocional, intenta lavar el subconsciente humano en busca de perdón y no de diamantes.

Boss¡…grita Joshua con su mano en alto mientras con la otra señala a la esquina de una palangana que es mayor que él. Y es que sólo a un suicida se le ocurriría agarrarla [la piedra brillante] sin permiso del capataz pues le amputarían la mano bajo la generosidad de elegir short sleeve or long sleeve?; ¿a la altura de la muñeca o del codo?

Los diamantes se entregan a un jefecillo que los guarda en un sobre. Pliegue que, en la guantera de un Land Crusier, recorre por pistas enfangadas un centenar de kilómetros hasta la “ciudad” de Koidu. Un arrabal en mitad de la jungla donde un segundo intermediario regenta una casa de peso. Un negro consumido de ojos brillantes, “mudo” – mejor así -, en pantalones de tergal y mocasines de eskay, es el primer eslabón que enlaza los brillantes con las pulcras joyerías; mayoristas del “amor” y el compromiso. Un rufián que también hace de primer contacto con los libaneses que regentan las casas de compra en las callejuelas de Freetown. La capilarización de intermediarios no es casual. Cuanto más compleja de seguir sea, menos riesgo hay de que las multinacionales de la alta joyería vean su pulcra publicidad del romanticismo manchada con la sangre de la explotación de niños.

El sobre ya está en Freetown. La sucia capital de Sierra Leona acoge una diáspora libanesa que es la encargada de lavar, en lo administrativo, los diamantes. La corrupción y el descontrol aduanero ayudan. Bien sea a través de Liberia o usando el pasillo del Sahel, donde confluyen el tráfico de drogas y personas, los diamantes acabarán en el estudio de tallado de algún gabinete judío de Amberes y de ahí al expositor de Tiffany en Nueva York o a un elegante De Beers sudafricano. Aquella piedra que Joshua encontró pasó por no menos de cinco intermediarios y una maraña de documentos que respaldan su origen como un diamante no sangriento; buscando todo ello que el comprador crea tener su consciencia limpia al ver en el solitario de su amada ese brillo tan especial.

Si les pica la curiosidad, que sé que sí, le regalé una bonita botella llena de arena del desierto del Namib; océano de arena naranja que a veces esconde algún cristal aún sin pulir; ¿y si tal vez la fortuna quiso que así fuera?; eso ya no lo sabré nunca…Lo que sí creo, es la limpieza de los diamantes que salen de Namibia.

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