Caminar siempre es agradable máxime si vas acompañado por la democracia. Es lo que me ha sucedido desde que conocí El País en mayo de 1976, hace cuarenta años, cuando un Ortega decide fundar el periódico al inicio de la vida democrática de la Hispania Nostra tras la muerte de Franco en 1975. Hacía diez años que había terminado mis estudios forestales en Madrid, habíamos arrancado con una filosofía de vida democrática, en la que muchos participamos desde diferentes perspectivas, y habíamos comenzado a caminar por los senderos de los montes peninsulares y canarios. Así hasta que se produce el cambio a la hora de informar aun cuando en el colegio mayor Francisco Franco podíamos leer Le Monde a escondidas. Los franceses querían el cambio y pensaban que la prensa democrática era un buen camino y creaba opinión. En Tenerife alternaban El Día y La Tarde aunque Diario de Avisos era el veterano palmero, y a nivel estatal irrumpe en la vida cotidiana El País.En 1977 dimos el primer salto a la vida política española, luego aprobamos la Constitución de 1978 y de nuevo entramos a caminar por la red de la cosa pública: a nivel municipal en 1979, a nivel insular en 1983 y a nivel autonómico y estatal en 1987. Así hasta alcanzar el Senado y el Parlamento europeo. En el camino la información de El País, entre otros. De entonces gratos y tristes recuerdos. El Teide en Madrid ocupó una página entera cuando el problema de la piedra pómez en el veterano Parque Nacional de Canarias. El golpe de estado del 23-F sirvió para que El País reforzase su defensa de la Constitución frente a otros indecisos periódicos españoles. El terrible incendio en el Parque Nacional de Garajonay, con la pérdida de decenas de personas, nos acogotó. La adhesión de España en 1986 a las Comunidades Europeas tuvo una frenética actividad periodística para El País. Como años atrás cuando la llegada de Felipe González al gobierno español y su posterior descalabro por culpa de la corrupción. La entrada en el siglo XXI me supuso momentos de satisfacción y de tristezas. En el primero de los casos por la irrupción del paisano Juan Cruz Ruiz en la cresta de la ola de El País, que me permitió conocer a Carlos Fuentes, y de Mauricio Vincent en La Habana; en el otro, la marcha de Sergio R. Prieto, de Babelia, al igual que la de Ignacio Cembreros, de su corresponsalía en Marruecos, por culpa de la complicidad diplomática española y alauita. No obstante sigo siendo suscriptor de este emblemático periódico que a pesar de sus defectos, como todos, sirve para mantener viva la llama de la información.
Por la senda de “El País”
Caminar siempre es agradable máxime si vas acompañado por la democracia
