Las primeras páginas de La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexievich, son impactantes más allá de que avanza los horrores de una guerra. En esos primeros párrafos la ganadora del Nobel de literatura nos explica qué ha querido reflejar con la obra que tienes entre las manos. No es un prólogo, no es una advertencia, ni tan siquiera una excusa para alentarnos a seguir con la lectura, es, ante todo, una declaración de principios para señalarnos que durante los siete años de trabajo que le conllevó la obra se quedó en el aire con más preguntas que respuestas sobre la condición humana, sobre la muerte, la amistad, el asesinato, la moral, el miedo, la venganza e, incluso, el esfuerzo por un bien -o mal- común; en definitiva, sobre todo aquello que está en la vida cotidiana, pero que en la inmundicia del frente ruso de la Segunda Guerra Mundial se exhibió en toda su grandeza y en toda su bajeza. Y su papel, el de una oyente, el de una periodista que abrió una pequeña rendija en un arrabal de Minsk y que terminó en más de medio millar de entrevistas, de voces, que, como ella misma comenta, terminó en un coro, en un coro de llantos. Ahora, cuando ese conflicto bélico nos parece tan lejano, tan irreal, tan de héroes y tumbas; cuando la tecnología nos permitiría ver y escuchar mejor que nunca lo que es la crueldad de una guerra; cuando la información es tan accesible; justamente ahora, es cuando menos queremos saber, menos queremos ver. No hay excusas, simplemente, preferimos ahuyentar cualquier atisbo de culpa y asco. Lo malo es que mientras una parte del mundo se desangra, la otra se cree a salvo, pero será cuestión de tiempo que, como en los dramas shakesperianos, la sangre salpique el patio de butacas. Al menos, existen relatos como los que reproduce Alexievich para que no digamos -cuando sea tarde- que nadie nos lo advirtió.
Las guerras ciegas
Las primeras páginas de 'La guerra no tiene rostro de mujer', de Svetlana Alexievich, son impactantes más allá de que avanza los horrores de una guerra
