Hay un museo, casi ignoto, en una ciudad maravillosa que se llama Lisboa, el Museo Nacional de Arte Antiguo. Se encuentra en el extremo oeste de la urbe, sobre una pequeña colina y en una antigua mansión portentosa. No guarda una colección pictórica eminente, si la comparamos con las de Londres, Madrid o París, pero resulta fascinante. En primer lugar por dos cuadros, que no sabemos del todo por qué están ahí: Painéis de São Vicente (Paneles de San Vicente), que Nuno Gonçálves pintó hacia 1470 y es un retrato supremo de Portugal, y el tríptico Tentaciones de San Antonio (1500) de Jheronymus Bosch. En segundo lugar resulta asimismo sorprendente ese museo porque encierra una de las colecciones de objetos más portentosas que conozco, desde riquísimas piezas religiosas a los recuerdos traídos por los portugueses de su expansión en Asia.
Pero, claro, el reclamo de ese lugar es el cuadro de Bosch, esa suerte de complemento de lo que guarda el Prado. Inquietante, sublime. ¿Qué contiene? Una elección, Antonio, ese personaje de mediados del siglo III que nació en Egipto y que eligió abandonar su cómoda vida para retirarse y vivir en un sepulcro vacío. Lo que Jheronymus pone sobre las tres tablas frontales es lo que la tradición reafirma: la santidad machacada por las tentaciones y la resistencia del santo. Mas si se observa bien, la ardua pericia del pintor por hacer visible la larga retahíla de incitaciones a derecha e izquierda, con la monstruosidad y las figuras multiformes, lo que confirma no es la virtud (Antonio, en el centro de la tabla central en penosa oración), más bien el triunfo de la miseria, el desenfreno y el pavor (demonio). Antonio es una excepción. Eso confirman las baldas laterales que cierran el cuadro: una sobre los azotes que recibió Cristo y otra sobre la carga de la cruz hacia el calvario. Es decir, nosotros, los hombres, matamos la buenaventura.
Pongamos que en el oficio de la representación resulta eminente la imaginación al tiempo de dar cuenta de lo que ocurre. Eso asientan en su obra Shakespeare, Cervantes, Velázquez, Bosch o Luis Mateo Díez. Y supongamos que un digno maestro de la actualidad no se resiste a hacer ver lo que ocurre en este perverso, impúdico y perturbador mundo. Así, andados los siglos, se abrirá un museo en una bella ciudad en el que el cuadro cuelga. Lo contemplarán los hombres. Eso verán: lo que somos. Se caerán de espaldas presos del espanto y del horror.
¿Pesimista? Jheronymus Bosch.

