María la Chivata

Para las nuevas generaciones, este nombre podría estar asociado a una confidente o a una compañera de clase que era una delatora. Nada más lejos de la realidad. María la Chivata era un furgón policial, el único que había, perteneciente a la entonces denominada Guardia Municipal

Para las nuevas generaciones, este nombre podría estar asociado a una confidente o a una compañera de clase que era una delatora. Nada más lejos de la realidad. María la Chivata era un furgón policial, el único que había, perteneciente a la entonces denominada Guardia Municipal. Estamos hablando de los años 50. Recuerdo que era de la marca Ford. Su actividad se circunscribía a recoger de la calle algún borrachín o a presentarse para solucionar cualquier bronca o altercado, que se estuviera resolviendo a piñazos.

En caso de detenciones, se llevaban a los hipotéticos delincuentes al cuartelillo, especie de dependencia policial provista de un pequeño calabozo, ubicado en los bajos del Ayuntamiento y al que se entraba a través de un callejón por la calle Méndez Núñez. Otra de las actividades de La Chivata era acojonar e impedir que los pibes jugáramos al fútbol en la calle. Nosotros lo hacíamos en la de Pérez de Rozas. Una portería era la puerta del garage del edificio donde vivían los Hogdson y la otra, la pared de la casa de Maite la dueña de la Librería Bilbao. Pasaba un coche cada 20 minutos y entonces se detenía el encuentro.
Viendo hoy ese espacio, no puedo llegar a comprender cómo jugábamos partidos de siete contra siete. Físicamente parece imposible. Un día, mientras jugábamos un partido, la Guardia Municipal organizó una redada con La Chivata y algunos agentes de paisano. Ante el grito de “¡que viene la Chivata!” salimos todos corriendo. Yo fui el último, pues me quedé a recoger el balón que era mío y me agarró uno de los guardias que iba de paisano. Cuando me iban a meter en el furgón policial, alguien impuso un poco de cordura y decidieron llevarme a mi casa ante mis padres. ¡Tenía 9 años! Al final me quitaron el balón y tuve que ir a buscarlo al cuartelillo y pagar una multa de 10 pesetas.

Qué poca delincuencia había en aquél entonces, para que la Guardia Municipal estuviera dedicada a esos menesteres. No sé si de aquella época viene el dicho popular de “más vago que la chaqueta de un guardia”.

En mi memoria y esbozando una sonrisa, a veces reproduzco una escena de la época, de un mando dando una orden a un agente: “Gómez, coja La Chivata y vaya a la calle Miraflores que hay una bronca que se está resolviendo al piñazo, e intervenga”.
Deja ver…

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