En los finales del franquismo tuvimos especial aprensión a la política y a la religión. Ambas se expresaron como instrumentos de dominación social. De manera que acabamos siendo reticentes a la política y agnósticos con la religión. El esfuerzo nos hizo librepensadores. En esa época leímos dos clásicas distopías totalitarias. La del título 1984, de George Orwell, y Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Orwell luchó en la Guerra Española en la Barcelona republicana del 36, de donde salió decepcionado de los totalitarismos de Hitler y Stalin. Siendo un socialista democrático, nunca consiguió adaptarse a la sociedad de su época. Murió de tuberculosis con 46 años, en el Londres de 1950.
La ficción de 1984 nos permite reconocer rasgos propios de las sociedades totalitarias. El lema del Partido Único de 1984 era “Guerra es Paz, Libertad es Esclavitud, Ignorancia es Fuerza”. La sociedad se organizaba con el Consejo Dirigente, al mando del Gran Hermano, que personalizaba los poderes, militar, político, religioso (pagano) y juez. El consejo exterior del partido, burocracia estatal y los proles. Con cuatro ministerios resolvía el Estado, el del amor administraba castigos y torturas; el de la paz, la guerra; el de la abundancia, la economía planificada, y el de la verdad, la información. Con partido único, no se toleraba la religión, ni la familia, ni el dinero. El mundo se organizaba en tres superpotencias, siempre en guerra para mantener al pueblo pobre e ignorante. El Estado controlaba la esfera privada con la policía del pensamiento, que actuaba preventivamente antes de que ocurrieran los hechos. La neolengua se reducía, para que lo que no formara parte de ella, no pudiera ser pensado.
Premonitorio 1984 de las actuales derivas orwellianas: manipulación de la información, vigilancia masiva, represión político social, pretensión de desaparición del dinero, ataques a la familia, la religión y la escuela. Nos deslizamos hacia el Gran Hermano, omnipresente. Ya han entrado de lleno en nuestra esfera privada. Hacienda y Seguridad Social tienen más datos que nosotros. Nuestra seguridad les permite espiar cuentas, teléfonos, geolocalizarnos, invadir comportamientos privados. Ya están quitando los billetes de 500 euros, les gustaría, como a sus burócratas bancos, suprimir el dinero, todo controlado por el Gran Hermano. La burocracia estatal de 1984 pretendía que nada escapara a la policía del pensamiento. El Estado hoy incrementa nuestra seguridad, recortando las libertades, invadiendo las estructuras de la sociedad civil y disparando la presión de los poderes públicos. Dos instrumentos actualizados del ministerio de la verdad, las televisiones, que con su neolengua reducen el pensamiento al espectáculo, juzgan y condenan por anticipado y son escuela de los actuales “no valores”. Internet va a acabar con los partidos, el Gran Hermano la manipula, hasta convertir la representación democrática en una farsa de clics domésticos, sin fiabilidad ni representación asumida. Ya hemos visto cómo actúa, burlando a los partidos.
Las alianzas de nuestra burocracia temerosa e hipertrofiada se acercan a las reacciones políticas totalitarias. Alguna de ellas ya ha colgado en su logo el corazón del ministerio del amor. Casi nadie defiende la bajada de impuestos, no pretenden liberarnos, pobres nos controlan mejor. Ya vienen clamando contra la familia, la escuela y la religión. A Winston Smith, en 1984, le acabaron lavando el cerebro, hasta que comprendió que dos más dos realmente suman cinco.
