Quedan pocos días para la finalización del curso escolar. Nuestros hijos e hijas, en muchos casos, afrontan las últimas evaluaciones enfrentándose a un sinfín de exámenes o pruebas de aptitud donde, en la gran mayoría de los casos, confrontan ejercicios de pruebas evaluativas que hacen que el alumno vuelque toda la información memorizada. ¿Sabías que casi el 80% de esa información que hemos memorizado a lo largo de toda nuestra vida se suele olvidar a los tres años de finalizados los estudios?
Otro aspecto que me llama la atención en estas fechas es referente a la PAU. Se sabe que es su última edición pero, eso sí, no se sabe qué viene después y cómo se va a gestionar la forma en la que nuestros hijos son ordenados para que puedan acceder a una carrera.
Sin duda nuestros diferentes modelos educativos siguen viajando de ley en ley, de intereses en intereses, sin que nadie se plantee el asumir que nuestras generaciones futuras, los más pequeños, requieren un gran esfuerzo por parte de toda la sociedad. Hay que crear modelos diseñados para que nuestros hijos e hijas aprendan a gestionar sus vidas y no a acumular nervios, frustraciones y conocimientos que, en la mayoría de los casos, los tienen a un clic de distancia en sus ordenadores o tabletas.
Otro aspecto a plantear es el papel que juega la dividida comunidad escolar, donde padres, maestros y alumnos tienen una visión totalmente diferente del colegio y de la misión del mismo. Por una parte debemos involucrar a las familias como ejes centrales en la construcción de esas futuras personas adultas que son nuestros hijos e hijas. Ello implica una responsabilidad importante para que profesores y familia tengan un mismo objetivo, que no es otro sino educar en aras de que las personas gestionen adecuadamente sus emociones, aprendan a descubrir sus fortalezas y sean capaces de crecer desde cada una de las situaciones de crisis por las que irán pasando a lo largo de sus vidas.
Sin duda debemos potenciar personas autónomas que sean capaces de sentirse eficaces en un mundo cada vez más complejo y que, por otra parte, puedan tener las herramientas que les acerquen a ese principio vital por excelencia que busca el que cada vida merezca la pena ser vivida. Se consigue, así, potenciar nuestra salud física, mental, personal y social al generar ese bienestar que nos ayude a ser felices.
Quizás ahora me puedas estar llamando utópico pero me gustaría que me contestarás a la siguiente pregunta: ¿Qué esperas de la vida de tus hijos? ¿Qué quieres? Sin duda, tu respuesta será que sean felices.
*Psicólogo y miembro de la Sociedad Española de Psicología Positiva
@jriveroperez
