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por quÉ no me callo

El beso de Rajoy

Desde que se inventó la pólvora, todos quisieron volver a inventarla. Lo nuevo es volátil por definición. Y prestamos atención al tuit del primer café. Si Rajoy era la vieja política, su beso a Elvira -como Iker a Sara Carbonero- le roba a Iglesias el trending topic

Desde que se inventó la pólvora, todos quisieron volver a inventarla. Lo nuevo es volátil por definición. Y prestamos atención al tuit del primer café. Si Rajoy era la vieja política, su beso a Elvira -como Iker a Sara Carbonero- le roba a Iglesias el trending topic, que era cosa más suya con Doménech en el Congreso en tiempos de ósculos, rastas y bebés.

Es tan efímera la cosa que hasta el Brexit se nos hace viejo de un día para otro. Y ya se habla del Bregret, el arrepentimiento y la colecta de firmas para volver. Visto con gran angular, el 26J es un resultado analógico, convencional, lo de siempre reapareciendo detrás de las cortinas, y aquello otro, los veintedés y quinceemes, sería un trampantojo, una ilusión óptica. Es que no es nada simple toda esta rembambaramba. “Out is out”, como dijo Juncker, y los nuevos brexiteños se han salido con la suya. Iglesias es Iglesias y tiene 71 escaños donde hace tan solo dos años estaban los huecos, y Rivera tiene 32 que nacen de la nada. Y el PP y el PSOE disimulan las arrugas, pero los años no perdonan. Y los melenas de ahora se tiran al monte pero son focas que se arrastran. Donald Trump y Boris Johnson son dos fachas con tupé que se les cala al vuelo, cuando un golpe de viento les levanta las faldas de la moña y se quedan con las vergüenzas al aire: dos cómicos trampeando con la pobre gente que vota con el hígado, el bolsillo tieso y la falta de gol. Y es lo más tierno de la vetusta democracia. Votar y arrepentirse como se confiesan los pecados, un avemaría y tres padrenuestros. Que todo se hunda para levantarlo después.

Aprovechando que Hawking pasa por Valladolid, es como un revival del big-bang. Un adanismo ontológico. Ahora, en la temática de pactos, se hará mucha astronomía, hasta que los planetas se alineen. Cuando Nelson estuvo por aquí se hizo mucho chiste sobre la ucronía de una Canarias hablando inglés sin pagar a la teacher. Aquello sí que fue una premonición, o estaríamos hablando solos (inglés) como Gibraltar y comiéndonos los plátanos debajo de un barranco. En el volátil noticiario todo caduca, como el referéndum catalán, nonato, que parece una antigualla. O cómo se nos borró del miedo -esa mente a oscuras- el Grexit con los rezados contra Tsipras, y el hombre sigue ahí obediente y europeo mientras otros se rajan.

Hace quince años -toda una adolescencia- cayeron las torres gemelas; después cayó el Lehman Brothers, y ahora la City en peso -incluida la pariente Canary Wharf- se va. Somos un tiempo volátil que siempre vuelve. El domingo ganó un señor con quevedos y pinta de Quijote que besó a la primera dama como aquel marinero a la enfermera en Times Square al final de la Segunda Guerra Mundial. Y nosotros queriendo inventar la pólvora todavía.

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