Les voy a decir por qué no veré el debate a cuatro en televisión, mañana. Primero, porque será una encerrona: todos contra Rajoy. Segundo, porque Pedro Sánchez, con tal de salvarse él de las fauces de su propio partido, es capaz de vender su alma a Pablo Iglesias. Tercero, porque todos van a decir lo mismo que hace seis meses. Cuarto, porque como no voy a votar, me da igual quién gane o quién pierda ese debate. Quinto, porque ya no me dejo engañar más veces: voy a cumplir 69 años y me han estado engañando desde que se murió Franco (porque Franco ya no engañaba a nadie); creo que merezco un respiro. Mi vida ha sido una contradicción constante: cuando estaba gordo, mis amigos, a mis espaldas, me llamaban el Gordo, un nombrete cariñoso que agradezco. Ahora que estoy bastante más flaco, la gente lo que hace es preguntarme: “¿Y por qué estás tan flaco, estás malo?”. La gente siempre se alegra del mal ajeno, basada con frecuencia en su propia incertidumbre. Esto se ha puesto muy feo y el 26 de junio sí es verdad, ahora sí, que el país se juega su futuro. Pero fíjense en manos de quiénes vamos a estar. De un político quemado, como Rajoy; de un ignorante como Pedro Sánchez; de un listo como Iglesias y de un despistado, neófito y simple como Alberto Rivera. ¿Qué quieren, que encima me levante temprano y vaya a votar para no pillar las colas? No, gracias; ustedes hagan lo que quieran que yo me quedo en casa, viendo la tele o escribiendo algún artículo para los pocos lectores que me quedan. Que ustedes tengan un buen domingo. No hace falta que me hagan caso.
El debate
Les voy a decir por qué no veré el debate a cuatro en televisión, mañana. Primero, porque será una encerrona: todos contra Rajoy
