No sé si es por el aditivo de los combustibles, mezclado con el intenso calor, pero cada vez que salgo fuera del edificio terminal del aeropuerto de Maiquetía, en La Guaira, me llegan al cuerpo los recuerdos de la ciudad de Caracas -que huele igual-, a través de ese vaho que a muchos puede repeler, pero que a mí me gusta. Esta zona de Venezuela, Vargas, tiene también una vegetación ubérrima y el aeródromo sus riesgos: la última vez que recalé por allí, el comandante de mi avión -yo iba en cabina- se vio obligado a frustrar la maniobra de aterrizaje porque en ese momento despegaba una avioneta, sin que la torre de control tuviera conocimiento de esta última operación. En Venezuela se vuela muy bien, no crean, y hay más aviones por habitante que en España, un suponer. Las distancias son muy grandes y las carreteras muy malas y los trenes casi no existen, así que el mejor medio para moverse es el avión. Aterrizar, por ejemplo, en Mérida, supone una proeza. Tengo un vídeo grabado por mí en la cabina de un bimotor de la antigua Santa Bárbara que es un poema, un acto de heroísmo de los pilotos. La pista está situada en mitad de la ciudad y los aeroplanos pasan rozando los edificios; y, además, la pista es muy corta, algo así como la de El Hierro, donde los viejos Fokker levantaban un metro las paellas del Tamaduste. No sé por qué hoy me ha venido a la mente el olor de Caracas. ¿Olerá ahora igual? No pienso ir para comprobarlo, de esto sí que estoy seguro. Esperaré a mejores ocasiones.
El olor de Caracas
No sé si es por el aditivo de los combustibles, mezclado con el intenso calor, pero cada vez que salgo fuera del edificio terminal del aeropuerto de Maiquetía, en La Guaira, me llegan al cuerpo los recuerdos de la ciudad de Caracas -que huele igual-
