Esa mesa es con ventana

Hace unos días disfruté de un buen vino, de un excelente almuerzo y de una estupenda compañía, estaba en un restaurante amigo entre amigos, que tuvieron la amabilidad de aliviarnos el calor del camino proponiendo que abriéramos la ventana herméticamente, lo cual hicimos con franco regocijo

Hace unos días disfruté de un buen vino, de un excelente almuerzo y de una estupenda compañía, estaba en un restaurante amigo entre amigos, que tuvieron la amabilidad de aliviarnos el calor del camino proponiendo que abriéramos la ventana herméticamente, lo cual hicimos con franco regocijo. Al poco, vinieron tres señoras que se sentaron en la mesa contigua, una de ellas era con toda seguridad la madre del resto. El aire corría ebrio de gozo, así como, el Guayonge, hasta que la mayor de nuestras vecinas de mesa sintió algo de frío en sus vividas espaldas, motivo por el cual con toda gentileza solicitaron a Jorge trasladarse a una mesa algo más azocada. Hasta aquí todo perfecto.

Algo después, llegaron Carola y José Ángel, tras los cuales como no puede ser de otra manera llegó el jodelón de turno con su sonriente damisela, le faltó tiempo para reventar el instante ¿qué podía suceder? Lo de siempre, le molestaba la confortable ventana, dicho y echo hizo la educada solicitud ¿qué podríais cerrar la ventana, es algo molesta? Dada nuestra educación y sencilla hospitalidad convinimos a cerrar, ahora sí, herméticamente la maravillosa apertura. Nuestro gozo en un pozo. Tras marcharse los solicitantes cortalotes, la sala volvió a recibir los frescos y envolventes aires de ese norte nuestro, moviendo suavemente las cortinas del rincón.

El instante continuó, ahora con algo más de movimiento. Se acercó José Manuel, el hermano de Tito y también de Tenorio, para contarnos un suceso que es el que pone título al presente. Vamos allá, en otro restaurante de parecidas características, es decir, con sus ventanas y sus cortinas para procurar algo de confort térmico, sucedió algo parecido pero con diferente final. El cliente se dirige al dueño para pedirle que hiciera el favor de cerrar la molesta y airosa ventana, el comedor estaba repleto de gente disfrutando de su aire sus caldos sus manjares y sus compañías: ¿podría cerrar la ventana, me molesta el aire? El tabernero muy educado contestó, lo siento señor no va a poder ser… “Esa mesa es con ventana”. Moraleja: ¿Cuál es el secreto de tu alegría? No hay ningún secreto, Alteza.

Todos hemos sido educados en esta estúpida propuesta: siempre nos falta algo para estar completos, y sólo completos se puede gozar de lo que se tiene. Dicho lo qué, nos iniciaron, que la felicidad deberá esperar a completar lo que falta, y como siempre nos falta algo, la idea retoma el comienzo y nunca se puede gozar de la vida. Pero qué pasaría si la luz llegara a nuestras vidas y nos diéramos cuenta, así, de golpe, que nuestras 99 monedas son el cien por ciento del tesoro, que no nos falta nada, que nadie se quedó con lo nuestro, que nada tiene de más redondo cien que noventa y nueve, que todo es sólo una trampa, una zanahoria puesta frente a nosotros para que tiremos del carro, tristes, agotados, malhumorados, resignados, etcétera. ¿Cómo cambiaría nuestra vida si gozáramos de nuestros tesoros tal como son? Y, de las pequeñas cosas que nos llenan la vida de pequeños pero inmensos placeres; una sonrisa, una mirada, una voz, un paseo, un hilo de aire fresco, un libro, una canción, una papa arrugada, un helado… Y tantas, y tantas sorpresas que despreciamos cada día que tan solo mirandolas nos harían reír y ser.

Por cierto, me acabo de acordar que el 26 de junio hay que ir a votar, a disfrutar de nuestro voto, una de esas pequeñas cosas que nos igualan a todos, por más que moleste a los que les encanta cerrar las ventanas. Vaya y vote, se lo tiene bien ganado, ah, y no cobran ¡Bendita democracia!

Ramiro Cuende Tascón.

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