Si como se dice, los ciudadanos de este país y de esta comunidad autónoma, tenemos y nos merecemos el nivel demostrado por la mayoría de nuestra clase política poco sentido tiene este artículo. Principalmente por el lastimoso nivel de los actuales e insignes representantes públicos o incluso el de los aspirantes a serlo, en los distintos debates que me he tomado el tiempo de presenciar. Preocupados por la gama de colores que adorna su vestuario de campaña; por remangarse las camisas o no; alisarse el pelo o aplicarle queratina para darle cuerpo; elegir corbata; levantar los hombros o caminar erguidos… Todas esas y otras cuestiones “importantes” son las que más parecen ocupar a muchos de los viejos, eternos o nuevos aspirantes a una poltrona política ya sea en el Congreso de los Diputados o en el inútil Senado.
El hartazgo general de la población comienza a ganar terreno con la esterilidad y vacuidad de los discursos precocinados de nuestros políticos. Diría que muchas de sus arengas o latiguillos se parecen a esos productos congelados de baja calidad y procedencia dudosa que se revitalizan a golpe de microondas. Comidas preparadas que parece que alimentan pero en realidad nos envenenan. Los debates a los que he asistido como espectador, televisivo u oyente, no han aportado nada nuevo. Olvidados quedan los argumentos novedosos o la finura estilista de la réplica. Sorprenden esas caritas de satisfacción que muestran los/las candidatos/as cuando aportan alguna gracieta al debate o creen haber dejado callado al contrincante.
Hablan, en su mayoría, en un idioma distinto al de la ciudadanía de a pie. Supongo que ya no tienen quien les diseñe, estructure y ponga sobre el terreno un discurso coherente, estructurado y escrito para fijar posición y emocionar a los potenciales electores. Se han pasado a un concepto erróneo que algunos llaman política-espectáculo, cuando apenas llegan a parafrasear el estilo de la mala prensa rosa en esos programas de máxima audiencia. El espectáculo de verdad sería que nos miraran de frente, que nos respetaran, que nos captaran con un verbo ágil y convencieran para empujar como sociedad por un objetivo común, eso sí, que no sea simplemente auparles a ellos y ellas a sus sillones en las administraciones públicas.
Quizás de lo que carezcan, además de un fondo e historial personal adecuado para representarnos, es de la capacidad para seducir; de una personalidad tallada en la vida real, porque a pesar de que se empeñen en ocultarlo, sus hojas de servicio llevan vinculadas a la vida política varias decenas de años. Algunos candidatos, que se repiten desde que arrancó el siglo XXI o incluso de antes, podrían disponer de un álbum de fotos personal, histórico y progresivo únicamente coleccionando los carteles electorales en los que se han figurado una y otra vez. Ya saben, la actividad política como modus vivendi. Además, sorprende que muchos de estos personajes se hayan transformado en pequeños loros que repiten, una y otra vez, lo que dicen sus jefes. Escuchas el argumentario mañanero de los líderes y a continuación, a lo largo del día, esas vocecitas replicantes que sin convicción, pero con mucho postureo inundan la esfera local. Qué quieren que les diga, puestos a sufrir su falta de fondo y perfil propio, prefiero indignarme con la necedad orquestada de sus mandamases originales.
@felixdiazhdez
