Por aquello de que vemos en Estados Unidos una potencia mundial capaz de decidir lo que ocurrirá en el planeta, como si no existieran Rusia y China, salvo que su ciudadanía acepte la opción de que Hillary Clinton se convierta en la primera mujer en administrar sus destinos, aterra pensar que Donald Trump sea el próximo inquilino de la Casa Blanca, con un discurso que, excepto por el idioma, nada tiene de diferente al del del presidente venezolano Nicolás Maduro.
Aterra pues, con lenguaje soez y discurso amenazante y sectario, promete devolver a Estados Unidos al puesto de “líder del mundo libre” amenazando con resucitar la Guerra Fría pero alejándose de Europa reduciendo aportes a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), dejándola así a merced de un Vladimir Putin al que Trump admira; poniendo coto a la inmigración en su país expulsando a latinoamericanos, y prohibiendo el ingreso de musulmanes.
Pero Trump solo aterra a primera vista pues, de triunfar, no podrá copiar el absolutismo de Maduro o Putin, debido al férreo control que ejercen el Congreso, la Suprema Corte, y los “lobbys” que pululan por toda Washington, de modo que deberá ajustarse a esas reglas de juego de la autoproclamada “primera potencia mundial”, y a políticas de Estado inamovibles gobiernen demócratas o republicanos renunciando, como Barack Obama, a muchas promesas electorales, pues nadie dejará de negociar con el mundo musulmán armas y recursos estratégicos; de explotar latinoamericanos en trabajos que un estadounidense rechaza; y menos aún pagar mas impuestos para reforzarse militarmente sin saber, ya separados de la OTAN, donde colocará escudos misilísticos y bases militares.
Pero, de triunfar Trump y sobrevivir Maduro al revocatorio, no aterrará sino que hasta divertirá escuchar los debates a lo Pimpinella entre ambos ‘outsiders’ de la política.
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