Llevaba tiempo pensando en todas esas cosas que tan importantes nos parecen a lo largo de la vida. Rebusqué en las viejas cajas de cartón aquellas fotos de antaño. Me detuve en las risas congeladas en el espacio, en el brillo de los ojos y en las expresiones de ilusión que adornaban el rostro. En aquellos años estaba todo por hacer y, no obstante, sin saberlo, de manera inconsciente ya tomábamos una innumerable cantidad de pequeñas decisiones.
Clarividente y sin obstáculos era el futuro que nos imaginábamos. Recto el camino hacia la consecución de los objetivos que, en aquella época así lo entendíamos, era el adecuado para personas como nosotros. No significaba dicha rectitud que no diéramos bandazos; pasábamos de babor a estribor únicamente con la fuerza de una suave brisa que golpeara el frágil cascarón de nuestra vida. Eras el protagonista de comedias y tragedias separadas por minutos en el tiempo o millas marinas en la distancia. El perdón no se pedía, se daba sin recabar explicaciones. El odio caducaba antes de traspasar la piel del adversario. La enemistad era el resultado de un fogonazo de ira y luego se diluía en el aire como la estela de un volador.
Con paso decidido proclamábamos a los cuatro vientos que íbamos en busca de nuestro destino, que nada ni nadie lograría frenarnos… que habíamos nacido para conquistar nuestra particular medida o cuota de éxito. Y curiosamente no se trataba de logros únicamente académicos, laborales… también había quien plasmaba sus deseos más familiares, aunque esos eran los menos porque todavía teníamos muchas cosas por hacer.
Durante muchos de aquellos años, cada noche al dejar caer la cabeza sobre la almohada repasaba el nivel de consecución de los viejos y los nuevos objetivos. Evaluaba lo lejos o cerca que estaba de conquistar alguna de mis metas. Sin embargo, los retos más alcanzables dejaron de tener el suficiente interés para asirlos con la mano y sumarlos a la cesta de la vida. Nos empeñamos en las cimas escarpadas, en las paredes verticales con mayor índice de dificultad. Había una importante dosis de ilusión en ello, aunque no refrendada por la realidad de las personas en las que nos habíamos convertido. Al final lo que siempre quise ser levantó el vuelo cansado de esperar. Lo que descubrí a continuación es que siempre he sido un tipo afortunado.
@felixdiazhdez
