domingo cristiano

Hacer el amor

El amor se hace. No se improvisa. El amor se fabrica. Se cuece a fuego lento, no se impone por decreto. El amor es perfume, no olor; es verdad, no sucedáneo. Es cafeína, no descafeinado de máquina.

El amor es difícil de entender porque es algo de los adentros. Si fuera una ley, al estilo de las normas de convivencia, sería suficiente su cumplimiento, incluso bastaría con su cumplo y miento. Pero no es ley, sino necesidad. Y como todo lo imprescindible para la vida, pasa por dentro. Aunque se intuya desde fuera, el amor es cosa de los adentros.

Moisés lo predicó a su pueblo, que estaba ansioso por disponer de reyes y leyes, una y otra vez. Es curioso: las normas dan seguridad a quien prefiere cumplir a vivir. Es muy curioso. Siempre me ha llamado la atención que muchos grupos juveniles de Iglesia llamados “tradicionales” cuentan con muchos más seguidores que aquellos otros que son menos convencionales. En los primeros, todo está claro: las normas, los pecados regulados por lista, las sanciones que han de esperar al pecador, las respuestas que hay que dar a cada momento… Hay quién dice que tanto poder de convocatoria responde a que los jóvenes buscan un alto nivel de exigencia. Yo, que estoy de acuerdo con esa expresión general, opino que esos grupos crecen porque es más fácil cumplir que vivir. Es fácil apacentar a quien quiere leyes aunque sólo sea para incumplirlas, arrepentirse y volver luego a rizar el rizo, en una cadena interminable de adoración a la norma, fracaso, penitencia y vuelva a adorar la norma.

Oye, si les gusta… Lo malo es que a menudo los adoradores de la norma cargan con crueldad con quienes no son capaces de cumplirla. Lo mismo que hacen ellos en privado, pero ya se sabe que no es lo mismo ser un guardián de la ley -que sucumbe por debilidad-, que lo tuyo –que es por vicio-. Disociación, diría la Psicología. Ojo, que no estoy hablando sólo de consagrados cuadriculados. Qué va. Los más feroces inquisidores me los he encontrado yo en quienes no calzaban hábito.

A lo que íbamos. El amor es distinto. El amor según Dios se hace. El amor es un samaritano, uno de esos mal vistos por no cumplir las leyes, que se conmueve ante el fracaso del abatido y sus adentros le impiden pasar de largo. El amor es Dios, inmenso en su imaginación creadora, que se arrodilló ante su obra caída, aparentemente fracasada, para ponerla en pie. “Ahí la tienes”, le dijo a la Iglesia. “Cuídala. Esta carne de tu carne es carne de mi carne”, dice Dios a la Iglesia reparadora de los dolores del mundo.

Dios inspira amor a quien busca su rostro con sinceridad: “El mandamiento está muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas”, insistía Moisés a su pueblo. Y luego están las leyes, que son pedagogía, muletas necesarias, no la meta. Que se pueden convertir en el trágico becerro de oro cuando falta madurez humana y cristiana.

Por eso la Iglesia es experta en enseñar a hacer el amor a la Humanidad, ejercitándose paso a paso en descubrir y sanar los dolores del mundo. De Cristo aprende a ser el samaritano bueno, que primero se conmueve, ayuda, sana, encarga más cuidados… Las preguntas vendrán luego. Aunque a menudo no hacen falta preguntas. El amor -que se hace, no se impone- cambia tanto el rumbo de los adentros que a menudo luego sobran las explicaciones. Son las cosas de Dios, que es amor.

@karmelojph

TE PUEDE INTERESAR