Los pocos amigos a los que invito a mi despacho se quedan admirados de las cuatro chinitas de porcelana, muy pequeñas, que compré en un mercado del barrio de San Telmo, en Buenos Aires. Las conseguí por cuatro perras, se me habían perdido y las he vuelto a recuperar, tras uno de mis innumerables traslados (cada vez que me cambio de casa pierdo algo y me he mudado como diez veces, más que Juan Ramón Jiménez, del que me he enterado que, ya viejo, en el hospital, sufrió un terrible ataque de satiriasis y tuvieron que atarlo). Espero que no sea mi caso, qué vergüenza. Las chinitas de San Telmo, de las que ignoro su valor, a pesar de su fragilidad, no se han deteriorado con los traslados, debe ser porque he tenido cuidado de que esto no ocurriera. Los mercados de viejo más celebrados por mí han sido siempre los de Iberoamérica. Hay uno en Montevideo en el que se pueden comprar hasta armas antiguas en buen estado. Y el bonaerense de San Telmo se lleva todos los récords, aunque últimamente se ha encarecido mucho. Nada que ver con nuestro rastro, en el que se venden demasiadas cosas chinas de plástico, modernas y horribles, aunque de vez en cuando se consigan relojes antiguos de cierto valor y algún que otro objeto curioso, que no valioso porque la plata y el oro tienen otros destinos y otros sitios de venta. Yo venero lo viejo, disfruto en la feria de Recoletos madrileña, donde he adquirido libros muy interesantes. Al final, creo que cometí un error cediendo parte de mi librería al Ayuntamiento del Puerto de la Cruz: creo que los libros están tirados en un cobertizo, incluida la colección -única- de Canarias Confidencial. Putos políticos.
Las chinitas de San Telmo
Los pocos amigos a los que invito a mi despacho se quedan admirados de las cuatro chinitas de porcelana, muy pequeñas, que compré en un mercado del barrio de San Telmo, en Buenos Aires
