Reconozco que tengo una habilidad innata para ganarme enemigos, personas a las que ni siquiera conozco. El cierto éxito que me ha acompañado en mi vida profesional despierta odios extraños en algunos, compensados sin duda por los que leen con alborozo mis artículos y me lo trasladan. Esta profesión se compone hoy de una jauría de analfabetos funcionales que la dejan patidifusa y que a mí me hacen gracia. Si uno soltara todo lo que sabe estaría largando por ahí, un suponer, las aventuras de la mujer de uno que se dice periodista, gordo y de aspecto sucianco, y que se acostó con un político bajito de cabeza grande. No sé, es lo primero que se me ha ocurrido; no digo yo que lo que digo sea exacto, pero podría serlo. A mí hace tiempo que esto del periodismo me la trae floja, porque me aburre. Y no hay nada peor que estar aburrido. Sigo aquí porque todavía me queda algo de aquel ardor guerrero de mis años mozos, en los que recorrí mucho juzgado, siempre victorioso, de la mano de mi amigo y abogado Edmundo González, paz descanse. Recuerdo que una vez me llamaron a declarar porque al compañero fotógrafo Gustavo Armas se le ocurrió contarme-yo en este periódico de subdirector- que un conocido líder de la izquierda gritó, en la plaza de toros de Santa Cruz: “¡Lucharemos por la independencia de Canarias!”. Coño, ahora lo grita todo el que quiera pero es que se acababa de morir Franco. Yo le dije al juez: “Para mí que sí lo dijo, señoría, porque la fuente es buena”. Reconozco que no sé si mentí o exageré, al menos, reconociendo como buena la fuente -inagotable- de Gustavo Armas, a quien le envío un saludo.
Mi gran habilidad
Reconozco que tengo una habilidad innata para ganarme enemigos, personas a las que ni siquiera conozco
