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el charco hondo

Volvamos a Niza

Volvamos a perdernos por las calles que unen la plaza Navona con el río, en Roma. Regresemos a los bares que nos acercan y alejan de los mercadillos de Camden, en Londres

Volvamos a perdernos por las calles que unen la plaza Navona con el río, en Roma. Regresemos a los bares que nos acercan y alejan de los mercadillos de Camden, en Londres. No dejemos de acampar en mil terrazas de Madrid, o de bebernos Sevilla. Volemos a Barcelona. Corramos otra vez por París. Volvamos a Niza. Viajemos. Hay que salir. Hay que reír. Dar un paso atrás es malvivir. Tener miedo es morir. Pedir que se cierren las puertas de Europa es hacer el ridículo, y silenciar -o desconocer- que la mayoría de las víctimas del Estado Islámico son musulmanes. Llenar aeropuertos, estadios o avenidas de pasamontañas, fusiles y chalecos antibalas es lamentablemente absurdo. Disfrazar el fracaso con aviones de guerra es patético. Esta guerra se combate con información, procurando llegar un minuto antes, cortocircuitando los canales de financiación a quienes reclutan a soldados invisibles con propaganda. La militarización del paisaje es una respuesta placeba, su efecto nace y muere en lo visual. Como bien señala Torrens Tillack, las únicas llaves para derrotarlos son la inteligencia y la contrapropaganda. No se está compartiendo eficazmente la información. No se está contrarrestando la maquinaria de comunicación de los capos de este terrorismo. Impotentes, hay gobiernos que flirtean con simplificaciones tan permeables como venenosas y contraproducentes. Algunas muertes podrán evitarse, otras no (¿cómo defendernos de repartidores de helado, ayer, o de camiones cisterna, mañana?). Aun así, hay que vivir. Hay que perderse por Roma, callejear por Londres o echar la tarde en las terrazas de París. Hay que convivir con las amenazas sin retroceder. Salgamos. Viajemos. Respiremos. Volvamos a Niza.

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