El sacerdote pregunta a la novia. ¿Prometes serle fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, amarlo y respetarlo todos los días de tu vida? La novia tarda en responder, se lo piensa y duda, provocando que familia, invitados y novio se miren desconcertados. Finalmente, da el paso con gesto de, ahora sí, tener claro lo que quiere decir.
La novia responde al cura. Sí, no, sí, no y, a lo último que me dijo, también no. La gracia está en que, como le ocurre al PP, llega un momento en el que, atendiendo a contexto, antecedentes, circunstancias o a pasos que no se dejan desandar, solo cabe una respuesta: sí. Lejos de darse tantos días para que la Ejecutiva responda a las propuestas de regeneración que le ha hecho Ciudadanos, Rajoy debió decir sí pocas horas después de que le pidieran acabar con los aforamientos, los indultos por corrupción o que no haya cargos imputados -las otras condiciones son de aliño-. Debió decir sí, alto y claro, porque el PP, sobre todo el PP, necesita trasladar a la opinión pública el mensaje de que en la lucha contra la corrupción están a todas. Decir sí, sin dudarlo, y ya sentados en la mesa de negociación forzar a Ciudadanos a que el pacto de investidura que proponen lo sea de gobernabilidad -ahí sí, porque un acuerdo solo de investidura condena a un presidente sin Gobierno-. Cualquier cosa que no sea un sí inmediato y contundente, un sí imprescindible para un partido que parece no haber entendido que la corrupción los tiene lastrados, todo lo que no sea un sí antes de entrar en la letra pequeña, es una torpeza de Rajoy y el PP. No están para pensarse según qué cosas. No está el PP para permitirse un sí, no, sí y, a lo último que nos proponen sobre regeneración, no.
