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superconfidencial

Liane

Era mi compañera de juegos infantiles, una monada; incluso escribí un cuento sobre ella, que está en uno de mis libros. Un cuento, o sea ficción. Pero lo que les relato ahora no es ficción. Con 15 o 16 años la perdí de vista; se fue, sin despedirse de su mejor amigo, de quien la calmaba en su agitada infancia, de su confidente.

Era mi compañera de juegos infantiles, una monada; incluso escribí un cuento sobre ella, que está en uno de mis libros. Un cuento, o sea ficción. Pero lo que les relato ahora no es ficción. Con 15 o 16 años la perdí de vista; se fue, sin despedirse de su mejor amigo, de quien la calmaba en su agitada infancia, de su confidente.

Yo tendría la misma edad que ella. Era una belleza alemana, de Colonia, que vivió en Tenerife por temporadas, casi siempre a finales del verano llegaba con su madre y me buscaba en el Lido San Telmo. Nos escribíamos postales. Liane hablaba bastante bien el español que le había enseñado yo, sentados los dos, horas eternas, en el muro de San Telmo, detrás de la ermita. Rompíamos la única farola que había allí, a pedradas, porque a ambos nos gustaba la oscuridad; pero a los pocos días reponían la bombilla y otra vez a pedrada limpia. Un día, como tantos, se marchó y ya no respondió jamás a mis postales. Tampoco insistí demasiado. Hace quince, veinte años, fui a San Pedro, antes de pasar por la librería más famosa de la Vía de la Conciliación, para comprar, como hago siempre que voy a Roma, el Anuario Pontificio. Aproveché para escuchar la palabra de un Juan Pablo II en plenitud. Por delante de mí pasó una monja bellísima, cuyo tocado religioso dejaba ver una cabellera rubia; era una mujer madura, pero no demasiado. Mi cerebro puso en marcha sus neuronas, como esas máquinas que identifican, a velocidad endiablada, las huellas dactilares de los delincuentes. Era ella, era Liane. La llamé con un grito, ella se volvió, sonrió, me reconoció, me abrazó y me dijo: “Preferí a Dios y soy feliz”. Nos intercambiamos los teléfonos, pero jamás la llamé, porque a ella no le hace falta. Era el vivo reflejo de la felicidad.

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