Consiste, básicamente, en un giro que marca en el suelo la línea que separa el antes del después. El punto de inflexión, en política, llega cuando le da la gana, sin anunciarse, materializándose en el minuto menos esperado, sin dejarse domesticar, por libre. A veces, como ocurrió en la comparecencia de Rajoy tras reunirse con la Ejecutiva del PP, la inflexión no permite un retorno -el turning point de los anglosajones-. En ocasiones basta una frase, o responder con una pregunta. ¿Y quién ha dicho eso?, dijo Rajoy cuando le recordaron que alguien llamado Mariano, de apellido Rajoy, una semana antes había anunciado públicamente que convocaría al comité ejecutivo para estudiar las propuestas de Ciudadanos. Fue más allá. Quien aspira a presidir este país otros dos o tres años se defendió de su frustración -e impotencia- mintiendo con soberbia. ¿Y quién ha dicho eso? Yo nunca lo he dicho, nunca me habrá escuchado decir eso, recalcó. En ese instante millones de españoles se hartaron de Mariano Rajoy. También los más indulgentes y afines. Pedir siete días para decir sí a medidas higiénicas es inadmisible. Salir una semana después diciendo que no se valoraron es insultante. Ofendió a millones de personas. Insultó su inteligencia. Enfadó. El PP supo esa tarde que también los simpatizantes empezaban a cansarse de Rajoy, de ahí que horas después se vieran obligados a anunciar calendarios, conversaciones y aceptaciones. Esto es ya una broma infinita -ahora que se reedita la novela de Wallace-. España está haciendo un monumental ridículo. Con la que ha caído y le llega el turning point en una comparecencia de las fáciles. ¿Y quién ha dicho eso? Ha agotado la paciencia de millones de españoles. A Rajoy se le acaba el tiempo.
¿Y quién ha dicho eso?
Consiste, básicamente, en un giro que marca en el suelo la línea que separa el antes del después
