Todos los nombres

Angustias y Dolores no entienden nada. A Martirio tampoco le resulta sencillo comprenderlo. Algo parecido les ha pasado a Consolación, Resurrección, Socorro y Remedios.

Angustias y Dolores no entienden nada. A Martirio tampoco le resulta sencillo comprenderlo. Algo parecido les ha pasado a Consolación, Resurrección, Socorro y Remedios. También se han echado las manos a la cabeza Apolinario, Camerino, Cesáreo, Epafrodito, Filadelfo y, el que más, Homobono. Iluminado se pregunta a santo de qué tanta polémica, y Restituto se limita a suspirar mientras Sandalio, periódico en mano, piensa en alto. ¿Lobo?, ¿y qué problema hay en llamar Lobo a un niño? -dice-. Yerar -registrado de esa manera, en honor a Gerard Piqué- golpea con una pelota la taza de café, echando a perder la página que recogía la noticia que daba cuenta de que, 30.000 firmas y un recurso después, los padres de Lobo siguen sin poder registrar al chiquillo.

Han pasado dos semanas desde que el director general de los Registros anunciara que, en adelante, Lobo sería aceptado como nombre en España. No ha sido así. El niño es un sin nombre. En agosto y en funciones es una mala combinación tratándose de España. No tiene un pase que en el país de Angustias, Epafrodito, Martirio, Filadelfo, Resurrección o Camerino, y sobre todo en el de Yerar, Neymar José, Iniesta -nombre, no apellido-, Beyoncé del Carmen o Kevin de Jesús le pongan mil pegas a unos padres por registrar a Lobo porque -dicen- dificulta la identificación, resulta extravagante o contrario al decoro. En Todos los nombres, Saramago describe con sabiduría el ambiente opresivo, cerrado y polvoriento de la Conservaduría General del Registro Civil donde trabaja como escribiente José. Sin pretenderlo, el escritor portugués fotografió la sinrazón burocrática, decimonónica y remilgada que sigue ahí, asomando de vez en cuando, recordándonos la España que fuimos.

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