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Un viaje a Funchal

Durante la presidencia de Fernando Fernández Martín me colé una mañana en un avión de Naysa, que llevaba a Fernando a entrevistarse con Joao Carlos Jardin, presidente que fue de aquella comunidad portuguesa.

Durante la presidencia de Fernando Fernández Martín me colé una mañana en un avión de Naysa, que llevaba a Fernando a entrevistarse con Joao Carlos Jardin, presidente que fue de aquella comunidad portuguesa. Íbamos en el avión, junto a los pilotos, acompañando al presidente, Arturo Trujillo, jefe de Prensa del Gobierno; José Arturo Navarro Riaño, jefe de Protocolo; creo que Jesús Morales, amigo de Fernando y consejero del Gobierno -aquel que decía siempre que todo iba como una balsa de aceite- y Óscar Izquierdo, jefe del Gabinete del presidente. Y un servidor, claro. Aquel bimotor de Naysa no tenía baño y había que mear, en caso de necesidad, en dobles bolsas de mareo. A Óscar Izquierdo, que hoy ocupa la presidencia de la Federación de la Construcción, le entraron unas ganas irrefrenables de hacer aguas menores, así que agarró sus bolsas de mareo, metió una dentro de otra, e hizo lo que tenía que hacer; con la mala suerte de que las ganas eran tan grandes y las bolsas tan pequeñas que aquello se desbordó.

E inevitablemente cayó el sobrante en el suelo del pequeño avión, que cuando empinaba el morro echaba el orín para atrás, y cuando lo bajaba hacía que los pasajeros, atentos a la riada, levantáramos los pies para no acabar encharcados. El cachondeo que se montó fue de tal calibre que hasta los pilotos parecían estar más atentos a la catarata de Óscar que al manejo de la aeronave, aunque hay que alabar su profesionalidad en un viaje con bastante mal tiempo a la ida (a la vuelta, menos). He recordado aquel periplo (vinimos cargados de sillones de mimbre) mientras leo noticias preocupantes de Funchal, una ciudad que he visitado en una decena de ocasiones, ya sin ríos de meadas de los que ocuparme.

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