Ocurrió el otro día en el barrio madrileño de Moratalaz. Dos colombianos, él de cincuenta y pico y ella de cuarenta, matrimonio, o pareja, dormían plácidamente en su casa, cuando ella revivió un momento de aquella película El Decamerón, de Pier Paolo Pasolini, 1971,donde hay una escena parecida. Sintió cómo alguien -ella creía que su marido- le tocaba los glúteos y las tetas; la manoseaba, vamos. La mujer, no sé por qué, sospechó, entre sueños, que aquellos no eran dátiles conocidos y comenzó a gritar, lo que alertó a su marido dormilón, que encendió la luz y se encontró a un tercero metido en el lecho conyugal. Eso, a una especie de lechón ecuatoriano, y cito como lechón a un individuo de 27 años, que había trepado por la ventana, había entrado en la vivienda y se estaba entusiasmando con la colombiana de cuarenta años hasta que el marido lo agarró por el cogote, lo retuvo y ella llamó a la policía. Personados los agentes, como se dice siempre en los atestados policiales, recibieron la explicación siguiente de Pedro Luis, el tocador de señoras: “Es que yo vivo aquí”. Y les entregó un manojo de llaves a los policías, ninguna de las cuales correspondía con la cerradura de la puerta del domicilio. El caradura, cuyo relato escucharon pacientemente los gendarmes, no tenía tazo a alcohol y fue convenientemente arrestado, acusado de allanamiento de morada con tocamientos a glúteos y tetas ajenos incluidos. Desde luego, lo que no pase en España no pasa en ninguna parte, aunque es verdad que los protagonistas eran guiris en su totalidad.
El ecuatoriano
Ocurrió el otro día en el barrio madrileño de Moratalaz. Dos colombianos, él de cincuenta y pico y ella de cuarenta, matrimonio, o pareja, dormían plácidamente en su casa, cuando ella revivió un momento de aquella película El Decamerón, de Pier Paolo Pasolini, 1971,donde hay una escena parecida
