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El obispo Salinas

Debo mostrar mi indisimulada simpatía por monseñor Salinas, hasta ahora obispo de Mallorca y ahora tercer obispo auxiliar de Valencia, bajo la vigilancia del cardenal Cañizares

Debo mostrar mi indisimulada simpatía por monseñor Salinas, hasta ahora obispo de Mallorca y ahora tercer obispo auxiliar de Valencia, bajo la vigilancia del cardenal Cañizares. Resulta que un señor apellidado España y llamado Mariano -miren por dónde- denunció ante la Santa Sede una “conducta irregular” del prelado y una presunta infidelidad de su esposa, Sonia Valenzuela, secretaria del eclesiástico. El amor no tiene fronteras y un sabueso (también llamado detective privado) descubrió que monseñor Salinas y Sonia hablaban por teléfono en horas de la madrugada y que el imprudente -o enamorado- prelado abría personalmente la puerta del palacio arzobispal para que penetrara en él su secretaria, fuera del horario laboral. Ellos niegan el lance amoroso, pero no el afecto, que es precisamente el prólogo del amor. Y yo les creo, porque soy flaco en la tolerancia, pero el papa no. El papa aceptó la renuncia del prelado y lo mandó a Valencia, a ayudar -o a inquietar- al cardenal Cañizares, celoso guardián de los valores cristianos, entre los que se encuentra el rechazo de sus eclesiásticos a la carne trémula. Estas cosas, qué quieren que les diga, a mí me demuestran que, al margen de doctrinas más propias de Trento que de la moderna dirección de la Iglesia, el amor es imparable, y pájaros espino hay en Mallorca y en cualquier lugar del mundo. Y soy tolerante con las flaquezas del querer y me gusta que los obispos también se sientan hombres y las monjas mujeres, en vez de andar siempre con las ganas y que Dios me perdone. Estoy con monseñor Salinas, yo lo habría dejado en Mallorca, que tiene una hermosa catedral, y la Iglesia debe dar rienda suelta al amor, que tanto predica. Si este artículo molesta a beatas, meapilas y radicales, pido disculpas. Amén.

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