Cada vez estoy más de acuerdo con los versos de Ramón de Campoamor en su poema Las dos linternas donde nos dice: “Y es que en el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira”. Ciertamente la realidad es tan cambiante y nosotros le añadimos tantos matices que una misma vivencia tiene significados diferentes, habitando, pues, en una policromía vital.
Esto mismo nos sucede cuando nos referimos al estrés. Sin duda, nada más leer esta palabra, habrás pensado en las mil y una connotaciones negativas que vienen asociadas a este término, definido por algunos como un estado de cansancio mental provocado por la exigencia de un rendimiento muy superior al normal que suele provocar diversos trastornos físicos y mentales.
Es normal, incluso, que hayas pensado en el trabajo, en tu vida familiar y en las mil y una obligaciones diarias que se agolpan en tu agenda semanal.
Pero, ¿sabes que esa definición de estrés que manejas no es del todo exacta? ¿Sabías que existe un estrés positivo que se denomina eustrés y que a ese estrés negativo que conoces se le denomina distrés?
Lo que ha sucedido con este concepto deriva de esa concepción que, en ocasiones, se ha asumido como propia y que responde a ese modelo médico tradicional de enfermedad, lo que hace que médicos, psiquiatras y psicólogos nos centrásemos en esta definición.
Pero entonces, ¿qué conocemos como estrés? Podemos considerar al estrés como un proceso que ponemos en marcha al percibir que una situación o acontecimiento es amenazante o desbordante para nosotros. Normalmente se pone en marcha cuando se activa nuestra respuesta de amenaza y esto suele suceder en los momentos que están relacionados con cambios, exigiéndonos un sobreesfuerzo y, por tanto, poniendo en peligro nuestro bienestar personal.
Si entendemos que ante esta situación no disponemos de recursos para gestionarla o abordarla adecuadamente, nuestro cuerpo comienza a reaccionar de una forma negativa. Vivimos dichas situaciones como dañinas y entendemos que nos debilitan, repercutiendo sobre nuestra autoconfianza, nuestra actitud ante los problemas y la vida. En ocasiones, en vez de generar herramientas que nos ayuden a gestionar este tipo de cosas, tendemos a evitarlas. A esto lo denominamos distrés.
Sin embargo el estrés positivo o eustres nos ayuda a ser conscientes de nosotros mismos, potencia que salgamos de lo que muchos denominan la zona de confort, corriendo así ciertos riesgos que no son peligrosos ya que los sabemos gestionar y esto nos hace cambiar y crecer como persona.
Por esa razón es bueno que aprendamos a diferenciar ambos tipos de estrés. Ello nos ayudará a disminuir el distrés, generando así eustrés, lo que nos permite aumentar nuestro bienestar.
*Psicólogo y miembro de la Sociedad Española de Psicología Positiva
@jriveroperez
