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En funciones de cronista de pueblo

El lunes, como para mí los lunes no existen, me di una vuelta por mi pueblo, caminando. Me pararon cinco o seis personas -es difícil que no me pare nadie en el Puerto-

El lunes, como para mí los lunes no existen, me di una vuelta por mi pueblo, caminando. Me pararon cinco o seis personas -es difícil que no me pare nadie en el Puerto-. Un señor me dijo que los semáforos hace semanas que no funcionan, ni los de la calle Cupido, ni los de la carretera, a la altura de Tucán. Otro me señaló la papelera que está junto a un local en la calle Cólogan, llena de mierda, y me arrastró hasta San Telmo, para decirme que la gente era muy cochina y que el Ayuntamiento no baldea. Otro lugareño me dijo que menos mariconadas de mascarita ponte el tacón y más festival de cine, festival de música, algo más culto y trascendente. Una señora, con evidente enfado, me trasladó su queja: en el día de mayor afluencia de gente al Puerto de la Cruz cierran cuatro o cinco horas el aparcamiento de la plaza de Europa, el domingo pasado; la gente estaba indignada. Y daba vueltas y vueltas sin tener dónde estacionar el coche. La verdad, el Puerto no despegará hasta que no solucionen el problema de los aparcamientos, con miles de coches de alquiler sin conductor ocupando la vía pública, al parecer sin pagar canon alguno, en perjuicio de los ciudadanos locales. Los portuenses no están contentos ni con su comercio cutre ni con sus celebraciones a destiempo. Yo sé que este es un pueblo difícil, criticón (como buen pueblo marinero) y atravesado, pero para los portuenses era lo mejor del mundo; y ya no. Ahora soporta demasiadas carencias y eso que en julio y agosto el lleno fue tal que varios hoteles, eso sí de medio pelo, no admitían más clientes. El paseo me salió caro: no me hicieron ni un elogio de los gestores, a los que aprecio.

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