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La mala suerte del Taoro

Yo conocí a uno de los voluntarios que apagaron aquel viejo fuego: se llamaba Patricio el Cagalera y era betunero, no bombero

Termino la trilogía sobre el Puerto (de la Cruz) con esto. El Taoro fue un hotel con mala suerte. Se quemó y se reconstruyó. Yo conocí a uno de los voluntarios que apagaron aquel viejo fuego: se llamaba Patricio el Cagalera y era betunero, no bombero. No le dieron ninguna medalla. Al Taoro lo convirtieron, muchos años después, en casino. E inexplicablemente fue abandonado por el Cabildo, su propietario, para hundir la sala de juegos en una ubicación de locos. Ahora el hotel alberga a los fantasmas del pasado. Allí estuvieron Franco, el rey Leopoldo de Bélgica, Alfonso XIII, Agatha Christie, Konrad Adenauer, legión de famosos. Cantaban y bailaban los Coros y Danzas en sus jardines ante doña Carmen Collares, con el cogote estirado. El Taoro, un edificio precioso, vivió no sé cuantos episodios nacionales e internacionales. Adolph Coquet diseñó el edificio y los jardines, inspirándose en Versalles. Hoy han convertido el lugar en una caricatura. El viejo Taoro podría serlo todo: universidad, biblioteca, centro de investigación. Quedan restos del casino y del hotel: algún repuesto de las tragaperras y parte de la cubertería de plata que tanto cuidaba don Enrique Talg, uno de sus directores más famosos. De todo esto saben mucho más que yo cronistas de la consistencia de Melecio Hernández Pérez, Guimerá y Nicolás González Lemus. En realidad, la colina sobre la que fue construido el edificio no se llama del Taoro, sino Montaña Miseria. Pero en ella vivió el mencey, se supone, y por eso le cambiaron el nombre, mucho más apropiado. No había que añadir más miseria a la mala suerte del hotel. Ahí lo tienen, abandonado, con su gran porte, sus tres naves y sus jardines, descuidados y tristes, en medio de un paraje ubérrimo, lleno de frondas desconocidas.

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