Después de una entusiasta exposición, en cuarto curso, del padre Pablo Díez, agustino, para explicar a manganzones de 14 años, más salidos que monos, la concepción de la Virgen María sin contacto de varón, yo escuché la pregunta más graciosa y más lógica que recuerdo, de un compañero de colegio. El padre Pablo Díez era un santo y un hombre muy querido y apreciado en el Puerto de la Cruz. No digamos en el colegio, donde ejercía la bondad a raudales. Pero, claro, el veterano sacerdote no estaba preparado para la sagacidad de Pedro Domínguez González, hoy jubileta, antes ATS de profesión y amigo. Él era un poco mayor que nosotros, un par de años, y a esa edad se nota. Estaba el padre Pablo a vueltas con la pureza de la Virgen para arriba y para abajo y con la sospechosa intervención en el asunto del Espíritu Santo, cuando Pedro interrumpe al fraile y le dice, a grito pelado:
“Oiga, padre Pablo, ¿y en esto de que la Virgen se haya quedado embarazada, San José era bobo, o qué?”. Para qué fue aquello. Era -y es- difícil de explicar la intervención del Espíritu Santo en el embarazo de una mujer, por muy Virgen María que sea, y más a unos adolescentes de 14 años, que empezaban a despertar al sexo más que a la mística. El padre Pablo acudió a la teoría del milagro, de lo sobrenatural y de lo inexplicable, pero en el recreo siguiente el cachondeo sobre el bueno de San José trascendió los límites tolerables en una crónica periodística. Al final hubo una conclusión que yo no he olvidado: teniendo al lado a una bella joven de 17 o 18 años, conviviendo con él como esposa, San José era bobo. Y que me perdone el padre Pablo, que en gloria está.
