cuadernos de áfrica

Loco de atar

A mí me da igual jugarme el pellejo por ahí pues los inconscientes ya nacimos sin solución racional y la exponencial que nos gobierna suele ser azote de quien alguna vez domarnos quiso…

A mí me da igual jugarme el pellejo por ahí pues los inconscientes ya nacimos sin solución racional y la exponencial que nos gobierna suele ser azote de quien alguna vez domarnos quiso…Y gobernado a impulsos, una mañana me compré un billete de avión para El Aaiún con la “recomendable” idea de recorrer en carretera los mil kilómetros que me separaban de la frontera con Mauritania.Yo sólo y los demonios de mi cabeza.¿El objetivo del perturbado?: ver a un Santo y entrar en las bibliotecas medievales de Chinguetti en el corazón más íntimo de la Maura; así estaba el tema.

En mi árabe de google translator, lo cual me equilibra con mis alumnos, anoté en un papel unas palabras para el Chej de la encrucijada; pero primero había que intentar ganar dicha localidad.

Amo Mauritania y la precariedad de sus soledades.El silencio prudente de su gente vestida en añil yla desolación de su páramo; ese gran cuarto vacío de la arena donde el Sahara ante ti se presenta. Tirado en Chinguetti, séptima sala santa del Islam que sutilmente va siendo enterrada por la arena, me asomo a una duna antesala del océano naranja que a varias lunas en dromedario morirá a las orillas del Mar rojo.
[Yo] ya he visto las puertas del infierno en forma de un anochecer carmesí de polvo de ferrita y arena desde la barandilla de una boa de hierro engullida por un bofetón de calor. Después de más de quince horas de nanas y zarandeos en la vagoneta del interminable tren de mineral que une la costa con las minas de Zouerat y otras muchas de imaginar carreteras en la arena, llegué a Atar loco de atar. Encrucijada del vacío, Atar es un polvoriento cruce de caminos en el que vive el Chej. Uno de los más celebres santeros del Islam que igualmente recibe al Rey de España que al caminante anónimo. Ciego, rechazó operarse de cataratas pues se ve mejor con las manos del alma.
No les diré si vi al Chej de Atar, pero sí que me senté a ver pergaminos en Chinguetti donde sentí que a duras penas había empezado a entender Mauritania y a dormir bajo sus “hoteles” de mil estrellas; ¿quién será el loco blanco que sueña en el techo del albergue?; necesito volver ya…
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