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por qué no me callo

Relectura de España

Carlos Barral tenía tan solo 61 años cuando la diñó, legó los libros escritos -sus poemarios y memorias- y editados -sus seixbarral en cierto modo sexis- y subió a su barca de Caronte con la pinta de capitán Ahab

Carlos Barral tenía tan solo 61 años cuando la diñó, legó los libros escritos -sus poemarios y memorias- y editados -sus seixbarral en cierto modo sexis- y subió a su barca de Caronte con la pinta de capitán Ahab. Escuché en Radio 5 un reportaje sobre Barral, hombre y mito, fecundísimo, de esos que nos reconcilian con la radio en su punto, hoy tan estéril el dial. Muy joven, me dije. Yo casi los friso. Trajo el realismo mágico a este país atrapado en la realidad con autores muy consolidados como para cambiar de moda sin un motivo justificado. Barral trajo el motivo, trajo el boom latinoamericano, con su pérdida de razón y su lucidez fuera de quicio, y torpedeó las costuras de la narrativa española entonces, luego se hizo senador. Veo el Parlamento de Kafka y cómo traga sapos este país, y vuelve ese duelo literario que es un dilema para el lector/votante. ¿Votar con realismo o con realismo mágico? ¿Hacerle caso al Congreso y seguir el duermevela de 2016, trapaceando elecciones como si el tiempo transcurriera entre sábanas que cobijan la realidad de muebles viejos, o restregarse los ojos para ver que nos están tomando el pelo? Unos y otros. Todos, a lo mismo, al teatrillo de Navidad, camino de urnas, bronceados y grotescos en su Carnaval saliendo de las páginas de Rabelais. Una cosa o la otra. No tenemos más opción. Y en diciembre, esa disyuntiva se traducirá en qué hacer: votar o no votar. Ir o no como mi hijo hace esta semana al colegio (electoral). Se empieza a llamar a esto la batalla contra la abstención, que se parece a la abstinencia (curarnos del mono a votar por adicción frenética). ¿Por qué hemos acabado en este pozo? Rulfo mezclaba a los vivos y los muertos en Pedro Páramo, cumbre del realismo mágico. Ya están los fantasmas aquí. Aquellos votos de la mesa del Congreso y los que harían falta para desbloquear la cosa con indisciplina y alevosía en las filas del PSOE. Vivos y muertos. Se ha vuelto a hablar de zombis por los pasillos del Congreso tras las investiduras fallidas, en cuyo caso Sánchez y Rajoy han quedado reducidos a hologramas. Están los famosos cadáveres en el armario. En el metro de Londres, los operarios retiraban de las vías a los suicidas y almacenaban sus cadáveres en un depósito, a la espera de la funeraria, para evitar cortes del servicio y el caos del suburbano. Pues eso, los ujieres del Congreso deberían estar habilitados para ejercer similar función. A medida que van cayendo los candidatos en las investiduras letales sucesivas, o lleguen los tránsfugas desde su trasmundo, acudan los bedeles (Paloma es una veterana, con más de 30 años de conserje) y los retiren a los cuartos mortuorios hasta su traslado definitivo al cementerio de elefantes, que ya no sería el Senado sino otra canonjía fuera, tipo Banco Mundial. Lo cierto es que estamos en este falansterio, viendo subir al estrado a gente que no son la sombra de lo que fueron o parecían. Está bien esta lectura de verano, esta pesadilla. Pero cerramos el libro sobrecogidos. Y buscamos respuestas en los episodios nacionales de Galdós para volver a la realidad.

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