Cuando el curioso -y amable- lector lea esta columna de los jueves, sabrá más de lo que sabe su autor cuando la escribe; sabrá el resultado de la primera sesión de investidura y, de acuerdo con ese resultado, sabrá también si mañana se celebrará una segunda votación. Sea como sea, no está de más recordar que Mariano Rajoy ganó las elecciones generales de junio y, por añadidura, fue el único candidato que aumentó sustancialmente sus votos y sus escaños respecto a diciembre. Y que, a pesar de ello, para obtener el apoyo de Ciudadanos, que perdió las elecciones, ha sido sometido por la formación de Albert Rivera a algo muy parecido a un trágala a la española, a una humillación política pública, que el presidente en funciones y su partido han sabido sortear airosamente. Porque solo en estos términos es posible interpretar la exigencia de que, con carácter previo a cualquier negociación, Rajoy aceptara seis condiciones innegociables. El máximo órgano directivo de los populares se limitó a conferir poderes negociadores a su dirección nacional, y las condiciones previas se firmaron en el Congreso por los portavoces parlamentarios respectivos. Así pudieron salvar los del presidente su desairada posición.
Con independencia de lo que haya ocurrido ayer, la votación de investidura habrá servido para iniciar el cómputo de los plazos que, en el peor de los escenarios, nos llevarían a unas terceras elecciones. Unos plazos exorbitantes establecidos en el artículo 99 de la Constitución por unos torpes constituyentes, que fueron incapaces de prever una situación como la actual. La primera tarea de la Legislatura, junto a las urgencias presupuestarias, debería ser la reforma en profundidad de esta deficiente disposición constitucional.
Por último, está la cuestión de que los plazos constitucionales nos obligarían a celebrar esas hipotéticas terceras elecciones el día de Navidad, con mensaje real navideño la noche del día de reflexión. Ya sabemos que el surrealismo tuvo una cierta incidencia en España -y en Canarias-, y que la política española -y la canaria- son muy surrealistas. Pero esta fecha supera cualquier surrealismo imaginable. Si llegara a plantearse tamaño dislate, habría que explorar las posibilidades de la propuesta socialista de modificación legislativa que permitiría adelantar las elecciones al día 18. Porque demasiado surrealismo puede hacer peligrar nuestra frágil y triste democracia.

