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Un sueño de guerra

Ya no puedo despertar a Sigmund Freud, que vive en un sueño eterno, pero sí contárselo a ustedes, como hago casi siempre que tengo un sueño raro. Esta vez estaba metido en una guerra civil -posiblemente la española-; luchábamos en un edificio.

Ya no puedo despertar a Sigmund Freud, que vive en un sueño eterno, pero sí contárselo a ustedes, como hago casi siempre que tengo un sueño raro. Esta vez estaba metido en una guerra civil -posiblemente la española-; luchábamos en un edificio. Los enemigos nos descubrieron en una escalera, salieron detrás de nosotros, que éramos tres, uno de ellos mi hermano, pero pudimos despistarlos e incluso hacerlos prisioneros. Sentados los enemigos en un despacho del edificio y esposados, a mí no se me ocurrió otra cosa que llamar a un barbero para que los pelara al cero. Me daba tanta rabia de que ellos hubiesen querido matarnos que intentaba pegarles, pero mi brazo se resistía, una fuerza terrible me impedía que les hiciera daño.

Total que los pelé y ahí se acabó el sueño, porque coincidió la altura del mismo con una de las tres o cuatro veces que me levanto cada noche, por razones estrictamente fisiológicas; la próstata también es una guerra civil. No sé si el sueño referido obedece a que veo mucho cine antes de dormirme, al guerracivilismo que vive la política española en este momento o a alguna otra razón que no alcanzo a comprender; pero lo cierto es que me pasé corriendo por aquellas escaleras un par de horas, con el enemigo detrás y, además, otros soldados disparándonos con morteros desde el edificio de enfrente. Un buen jaleo de proyectiles. Cuando regresé a la cama intenté que el sueño se reanudara, con la curiosidad de saber en qué quedaría aquello. Pero ya saben ustedes que dar continuidad a un sueño cuando se acaba es casi imposible, así que me quedé con las ganas. Mi guerra civil acabó con la hazaña del barbero, que por cierto lucía un tremendo pelucón.

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