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editorial

Una crisis absurda

Lo que menos necesita Canarias ahora mismo es un Gobierno débil. Más de tres décadas jalonan una historia de autogobierno con sobresaltos y gobiernos en minoría cogidos con alfileres

Lo que menos necesita Canarias ahora mismo es un Gobierno débil. Más de tres décadas jalonan una historia de autogobierno con sobresaltos y gobiernos en minoría cogidos con alfileres. En etapas de sosiego en la vida política nacional -tiempos aquellos-, las fallas de una autonomía a 2.000 kilómetros de Madrid eran signos de bisoñez de una tierra inmadura para gobernarse por sí misma. Canarias cometió muchos errores de desconfianza y división. Y lo pagó caro.

Esta es otra fase de la historia política de este país. España atraviesa un colapso sin precedentes, que habría provocado escalofríos con tan solo imaginarlo hace diez meses. El país está paralizado. Los líderes políticos dan muestras de una absoluta ineptitud para salvar sus diferencias y tender puentes que permitan alumbrar un Gobierno y recobrar a la normalidad. Es la hora más crítica de los últimos 35 años, cuando la salud democrática del país se vio seriamente amenazada. Canarias ya no es aquella región sietemesina que se asomaba a la autonomía con los miedos y demonios de la división provincial. No. Hoy es una comunidad autónoma con mayoría de edad, convenientemente anclada por derecho propio en el seno del Estado y de la Unión Europea, con retos y desafíos a la altura de las autonomías de mayor rango constitucional. Y acumula un historial clínico suficientemente documentado de crisis y pactos para saber qué receta aplicar a este momento puntual de desencuentro. A la guerra no se va por un problema de deslinde. Todo en su justa dimensión. O estaremos agitando una gran paranoia.

No estamos en el caos todavía, pero estamos a centímetros de él si no se detiene a tiempo el tren que descarrila desde el pasado día 15, cuando se presentó en Granadilla de Abona la moción de censura de CC, PP y Ciudadanos, que ayer prosperó.

Esta es la crisis más imberbe y absurda de cuantas ha sufrido el Archipiélago desde que arribó a la autonomía y se integró hábilmente en las estructuras de Europa. Una crisis de Gila. Originada sin pies ni cabeza. Producto de desatinos, imprudencias, sabotajes y traiciones. En los dos partidos socios del Gobierno: CC y PSC-PSOE.

No están los partidos, por desgracia, para dar ejemplo. La sociedad los mira con perplejidad y desencanto. Cada día son mayores las cotas del disparate monumental que se ha instalado en la vida política nacional y local. Canarias no está para juegos. Los canarios no pueden admitir que se juegue con nuestras instituciones. Los partidos -lo que resta de ponderación en ellos- están obligados a hacer un esfuerzo para evitar desastres innecesarios y corregir el rumbo de sus decisiones equivocadas.

La posible ruptura del pacto de gobierno en Canarias en el día de hoy, si así lo decide la Ejecutiva Regional del PSOE tras la moción de censura consumada en Granadilla en el día de ayer, sería un error de bulto. El escenario, el momento y las circunstancias son los más inapropiados para hacer saltar la estabilidad por los aires. La autonomía, desde luego, tiene mecanismos para sortear un golpe de esa naturaleza. De causar baja el PSOE en la alianza de gobierno, es previsible que Coalición Canaria disponga de apoyos suficientes para la gobernabilidad. Pero la crispación se apoderaría de las Islas en el peor de los trances, sumándose a las muchas hogueras que incendian la política nacional. Canarias, no. Esa es nuestra demanda en el día de hoy.

¿Qué hacer?

Los socios del pacto de gobierno, CC y PSOE, han de abrir un período de reflexión inexcusable, enfriar las cabezas, calmar los ánimos. Es lo más natural en política. Lo contrario, es política barrial de barra de bar. Convocar la mesa de seguimiento del pacto y someter sus acuerdos a autocrítica y hacer los ajustes exigidos por la gravedad de los hechos. Revisar las condiciones. Compensar los daños. Reformular las bases de un acuerdo real, que corrija los inconvenientes de aquel pacto en cascada de junio de 2015, que se ha revelado inviable en la práctica. Darle la vuelta. Reconsiderar por abajo los compromisos preestablecidos en el ámbito municipal. Los pactos en cascada tienen deficiencias insalvables en localidades donde las relaciones personales los hacen inútiles, papel mojado. Granadilla es un ejemplo. Pero hay otros que su acumulan en la mesa de los incumplimientos y agravios. Ese es el meollo de la cuestión. Y no ocultas razones internas de partido que siembran interesadamente la ruptura y la debilidad. A eso deben dedicar los partidos concernidos todo el esfuerzo y la capacidad para salir en los próximos días del atasco -porque en la autopista política de Canarias esto un atasco, importante, pero atasco- en que nos encontramos desde el día de ayer, en que en Granadilla detonó la bomba.

¿Quiénes son los actores que deben sentarse a hablar? El presidente del Gobierno, Fernando Clavijo, y la vicepresidenta, Patricia Hernández. Canarias se merece ese esfuerzo de diálogo de dirigentes sensibles con los problemas sociales que comprometen un momento delicado como este. El presidente y la vicepresidenta no ocupan la máxima responsabilidad política de sus respectivos partidos, pero sí son en la actualidad sus líderes de facto y poseen la autoridad moral que se deriva de la alta representatividad que ostentan.

¿Por qué los socialistas cometerían una torpeza si adoptaran con la cabeza calienta en el día de hoy una decisión irreversible de abandonar el Gobierno y romper la estabilidad de las distintas instituciones? Porque serían los autores de la ruptura y no sus víctimas. No es en absoluto lo más inteligente. ¿Por qué los nacionalistas quebrarían su credibilidad de no enmendar a tiempo el órdago de Granadilla con la taumaturgia de un pacto nuevo? Porque habían reescrito la censura a Saavedra y volverían los pactos escritos con renglones torcidos.

La inercia de la bronca, el bloqueo y la ingobernabilidad no puede arrastrar a los dirigentes canarios. Canarias esta vez no. Ya no es una autonomía neófita que trastabilla sin remedio a las primeras de cambio. Tenemos experiencia, bagaje y capital político en el disco duro de la memoria de esta autonomía para saber que estamos ante un riesgo perfectamente subsanable.
La situación interna del PSC-PSOE, a las puertas de un congreso regional en el que se dirima su nueva dirección, envenena este episodio. Las divisiones internas del socialismo canario propenden a decisiones que podrían resultar precipitadas el día después. Patricia Hernández es un activo del socialismo canario emergente. Su liderazgo como vicepresidenta la catapulta, con toda probabilidad, hacia la secretaría general de su partido, lo cual le otorga un protagonismo decisorio -decisivo- en la salida acertada a esta crisis en beneficio de Canarias, de su partido y de su horizonte político. Si logra sacudirse las presiones -llevadas al límite- de consumo interno.

Fernando Clavijo se enfrenta a su primera crisis política seria como presidente del Gobierno. CC no vive sus horas más felices, tras una dilatada trayectoria de responsabilidades al frente de las principales instituciones canarias. Esta es una prueba de fuego que, de resolver con solvencia y generosidad, puede consolidar su ascendencia política en el seno de su propia organización. CC no nació ayer. Ha pasado por todos los contratiempos de un sinuoso autogobierno como el nuestro. Sabe, como el PSOE, que por un contencioso municipal no se rompen los pactos en Canarias. Clavijo afronta una agenda de gran calado -nuevas leyes sustanciales y un nuevo marco de financiación tras la crisis económica- que exige ese esfuerzo, esa pausa, ese enfriamiento de las calderas políticas a que apelamos desde la sincera atalaya de un medio de comunicación que demanda y demandará siempre diálogo y estabilidad.

¿Islas a la deriva? Ni hablar. Hubo un tiempo en que la política canaria dependía del voto 31 de una isla mal llamada menor. En las actuales circunstancias, la figura de Casimiro Curbelo, al frente de la Agrupación Socialista Gomera, adquiriría un peso político decisivo si se materializa la crisis de Gobierno. En términos históricos, sería como retroceder en el túnel del tiempo. Los viejos fantasmas regresarían al Parlamento. Lo cual no obsta para aceptar que, de ser ese el signo de los nuevos tiempos, La Gomera pueda demostrar, en su caso, mayor dosis de sensatez que la que expresen los grandes partidos si, al primer obstáculo de la legislatura, tiran por la borda su pacto de gobierno. Y, de paso, la estabilidad que necesita Canarias para crear empleo y levantar en andas la economía.

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