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por qué no me callo

Adán Martín, Calatrava y Tenerife

Tenía Adán Martín poca madera para la res pública en sentido literal, era más imaginativo que funcionario, le podía el presentimiento y la utopía, como si tuviera esa cosa indefinible adentro de Steve Jobs. Podía hacer lo que se le ocurriera, hacerlo tangible en el momento procesal oportuno. Con aquella paciencia de fondista.

Tenía Adán Martín poca madera para la res pública en sentido literal, era más imaginativo que funcionario, le podía el presentimiento y la utopía, como si tuviera esa cosa indefinible adentro de Steve Jobs. Podía hacer lo que se le ocurriera, hacerlo tangible en el momento procesal oportuno. Con aquella paciencia de fondista. Lo miraba todo con gafas de lejos. Admito que Adán me contagiaba de un estilo que era inusual en la política, y costaba serle periodista a la contra, te ganaba, pronto eras parte de su plan. “¿Lo llamo Transcanaria o eje trasinsular?” Hacía esa clase de encuestas entre la gente de prensa. Cuando yo era un plumilla intrascedente -que es el rol de este oficio, líbreme Dios-, me llamó una noche al Cabildo y estuvo dándome una teórica del aeropuerto del Sur, que recuerdo como un acto de generosidad. Era noctámbulo, como yo, y creo que tenía el carisma inverso, porque dejaba los egos aparte, y quería hacer cosas. Hacer cosas con visión de futuro. Fichó a Calatrava con esa impronta de augur. Era solo una promesa. En cierta ocasión nos dijo que estaba convencido de que era una figura en proyección. No se equivocó. Ojo. Santiago Calatrava es un ingeniero-arquitecto que transgrede las fronteras de las artes y se resuelve como un anticipador inclasificable. En la galería Marlborough de Nueva York colgaron hace un par de años sus alfarerías y esculturas, sus dibujos y tintas, y la ciudad orilló la controversia sobre su intercambiador en el World Trade Center. Un día, Calatrava me contó su continuo regreso a la obsesión del ojo humano.

El Óculus neoyorquino despliega las alas como una paloma en el bajo Manhattan sobre el vacío de las Torres Gemelas y se convierte -con siete años de retraso y el doble de lo presupuestado- en la estación de trenes más cara del mundo. Calatrava en estado puro. Lo tomas o lo dejas. Un genio, acaso, nos desborda su osadía y arrogancia. No deja indiferente a crítico alguno y ayer, escuchando a Garzón, pensaba en estos hombres excesivos, que impactan por acción u omisión. Le pierde a Calatrava no el genio, sino el mal genio. La polémica de sus meteduras de pata sobre la isla y los técnicos que le interpelaban describe el lado sórdido de la mente humana, que traiciona el alma de poetas y músicos, pintores o arquitectos. ¡Ay, cuánto se ha escrito de Picasso, que nos parece infame! Adán nos legó un auditorio emblemático -caro a la italiana: querido símbolo-. Ayer hizo seis años de la muerte de Adán. Tenerife siempre le debe el recuerdo. Porque se lo dio todo, hasta el último silencio.

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