Es un crío de ocho años que se enfrenta a la muerte. Padece el sarcoma de Ewing, llamado devoraniños. Para redimir lo que ocurre en ese cuerpecito machacado por la quimioterapia y la resistencia, se siguen sus ilusiones. La familia se preocupa por la felicidad y el bienestar de ese chiquillo. Y quienes conocen el caso y hacia él se desplazan lo hacen en pos del sosiego. Se divulga que Adrián quiere o querría ser torero. Por eso se organizó en Valencia un festejo en el que el chiquillo salió a la plaza como si fuera un verdadero matador. La satisfacción rezumaba por todos sus poros; la enfermedad se aparcó por lo que vivía; la complacencia y la gratitud lo hicieron disfrutar como nunca había disfrutado en su corta existencia.
Pero hete aquí que sufrimos o usamos eso de las “redes sociales”. Ahí cabe todo, de lo sublime a lo soez, de lo excelso a lo aberrante, de la cordura a la desfachatez. Y como se extienden por la “piel de toro” los “animalistas” y al niño le entusiasma el espectáculo en el que se matan a los bravos, alguien sentenció: que se muera ya, que la enfermedad lo condene de una vez. Varias cosas deducimos de semejante injuria. Una, la era digital ha democratizado los medios y todas las exposiciones particulares son posibles. Lo que no es válido es que la libertad justifique el menosprecio o el agravio. Lo segundo es que esas libertades individuales se miden por la libertad de los otros. Se puede ser aficionado al fútbol, a las motos o a los toros. Es dable que alguien camine por este mundo en contra del uso de la energía en los deportes. Por eso, ¿fuera las motos? No se casa con la libertad dicha. Tanto derecho se tiene a disfrutar de la fiesta de los toros como a estar en contra. La manifestación del gusto por o el rechazo de es admisible, forma parte de la dialéctica y de la convicción. La barbaridad, sin embargo, no se corresponde. Que un ser humano se alegre de que un toro mate a un torero o de que un niño aficionado desaparezca más pronto que tarde de este planeta es una atrocidad. Por lo tercero deducimos que semejante monstruosidad confirma la enfermedad de esta sociedad, como el machismo o la xenofobia. Enseñanza se llama. Los padres, Estados y maestros han de formar y exigir valores. Luego, lo inverosímil es inverosímil, por más que recordemos lo de la bomba de hidrógeno que mata a los hombres y no a los animales. Si esa hecatombe se produjera, contentos; nadie lo contemplará, ni los seres juiciosos ni los imbéciles.
