En lo que a Adán Martín se refiere no puedo (ni quiero) ser objetivo. Con Adán estoy en deuda porque aprendí -o al menos lo intenté- de su coraje, de su bendita curiosidad y de las ganas que le ponía al trabajo, a la vida. Adán era un moderno en una Isla de antiguos. Acertó mucho -lógica y humanamente a veces también se equivocaba, claro-. Mi primera conversación con él, lo conocí ese día, fue a cuenta del Auditorio. No nos pusimos de acuerdo. Adán Martín creía en aquel concepto, y en ese momento tenía elementos de juicio suficientes para creer en Calatrava y su propuesta. Hay que contextualizar aquella decisión para no incurrir en injusticias con Adán. Quienes creyeron en aquel Calatrava tenían argumentos para ello. Aquel Calatrava era una buena inversión. Todo anunciaba que su obra se revalorizaría, que era un fichaje rentable en términos de repercusión en el objetivo de proyectar una Isla que necesita reivindicarse en los mapas. Cuando la soberbia y los errores del arquitecto se fundieron en una ventolera de errores y gastos imprevistos era demasiado tarde para desandar. El Auditorio es una escultura escasamente singular, tan grande como limitadas son sus prestaciones. Calatrava resultó ser un excelente comercial y un pobre arquitecto. Grandes son, entre otros, Herzog, Foster o Moneo; y Menis (sí, también Fernando). El arquitecto que tanto prometía lejos de reconocimientos lo único que acumula son juzgados, goteras, pleitos y denuncias. Adán Martín hizo una apuesta que en aquel momento era razonable. Resbala que Calatrava sitúe aquí o allá el ombligo o el culo del mundo, pero no es justo que la estupidez de un pobre arquitecto con mucho dinero ponga en cuestión a Adán, con quien no puedo (ni quiero) ser objetivo porque me llenó de razones para respetarlo.
Aquel Calatrava
En lo que a Adán Martín se refiere no puedo (ni quiero) ser objetivo. Con Adán estoy en deuda porque aprendí -o al menos lo intenté- de su coraje, de su bendita curiosidad y de las ganas que le ponía al trabajo, a la vida.
