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Colombia y eso

No sé por qué hoy me ha dado por escribir de Colombia si no sé nada de Colombia. Pero el presidente Santos ha perdido un referéndum, lo cual avala mi tesis de que los referéndum son tremendamente traicioneros

No sé por qué hoy me ha dado por escribir de Colombia si no sé nada de Colombia. Pero el presidente Santos ha perdido un referéndum, lo cual avala mi tesis de que los referéndum son tremendamente traicioneros, y si no que se lo pregunten al extinto políticamente David Cameron. Los colombianos han dicho que no quieren la paz a cualquier precio; es decir, que no desean que a las FARC les salga gratis la batalla librada contra los colombianos, ni que los guerrilleros reciban cargos políticos, amnistías y otros premios por dejar de secuestrar, torturar, matar y acosar a los colombianos y al Estado. A mí me parece que la dignidad tiene que jugar un cierto papel en cualquier negociación y que ni el papa, ni el Congreso de España, ni la Unión Europea, ni el Congreso de los Estados Unidos, ni Obama son quienes para obligar a los colombianos a que “perdonen” a los miembros de las FARC. Me parece terrible que se conceda un privilegiado estatus a sus guerrilleros, la mayoría de los cuales tiene en sus morrales delitos de sangre. Así que comprendo el “no” de la consulta y comparto el dolor de las familias de los secuestrados, desaparecidos, torturados y asesinados en la selva. Y deploro la falta de moral de Timochenko y de toda su cuerda de asesinos de las montañas, herederos de aquel bandido Tirofijo, que pasó a mejor vida. Yo sé que esta guerra tenía que cesar, pero el problema está en el precio. Si la razón y la ley están de parte del Gobierno, ese referéndum tenía que haberse convocado antes de las conversaciones de paz. Y dejar claritas las condiciones: quien la hace, la paga. Las fracturas civiles de los países llegan siempre por la debilidad de quienes mandan. El poder hay que ejercerlo, con garantías para los ciudadanos, pero sin miedo.

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