Hacer cosas está bien; estimula, y a veces -sólo a veces- haciéndolas surge algo útil. A veces, pero no siempre, esta o aquella ocurrencia acaba en una idea aprovechable. Hacer cosas está bien porque dejar de intentarlo es peor. Ser creativo y dar vueltas a los problemas yendo más allá de lo sabido no está mal, no. Eso sí, sin abusar. Hacer cosas por hacerlas, eso no; y si eres concejal de Tráfico, Seguridad, Rotondas y Movilidad, ojo, cuidado, porque en tal caso el afán de abrir debates e imaginar alternativas debe dosificarse, y mucho. Las recetas que funcionan en otras ciudades no suelen valer para la propia. Hay más. Mucho más. Proponer que se limite la entrada de vehículos al centro de Santa Cruz, precisamente ahora que el comercio recupera el pulso y la sonrisa, no encaja bien (fatal, de hecho) en el objetivo de relanzar la ciudad como el corazón de la Isla -cualquier cardiólogo podrá explicárselos-. Hay más, y a peor. Si, siendo concejal, para explicarlo ejemplificas con París o Londres, en fin, una de dos, o no has estado ni en París ni en Londres o, si es que has estado, entonces es que no conoces bien Santa Cruz. No son realidades comparables. Tampoco las principales ciudades sudamericanas -más países que ciudades-, nada que ver. Está bien dar vueltas a las cosas, lo que no está tan bien es plantear que la gente se baje del coche sin antes haber multiplicado los estacionamientos verticales, mejorado el transporte público -pero, de verdad- o construido un intercambiador donde realmente tendría que ir, y no incrustado en la propia ciudad. Imaginar es un ejercicio sano. Abrir debates o dejar que la creatividad nazca, crezca y se reproduzca está genial, eso sí, siempre que tantísimo ingenio no anule, concejal, el criterio de oportunidad o el sentido común.
Corazón sin coches
Hacer cosas está bien; estimula, y a veces -sólo a veces- haciéndolas surge algo útil. A veces, pero no siempre, esta o aquella ocurrencia acaba en una idea aprovechable
