O se está dentro del Congreso o se está fuera, rodeándolo; con o contra las urnas, con o contra el escaño. Jugar, como lo hacen Iglesias y su círculo, a ponerse delante y detrás de las concentraciones -a ratos sentados, a ratos de pie- es una actitud hipócrita, un engaño a quienes están dentro y también a los que están fuera, un quedabien ideológico protagonizado por quienes pretenden ser barricada e institución, legislativo y pancarta, sentarse en una comisión parlamentaria (y cobrarla) pero, eso sí, acto seguido ponerse el uniforme de indignado. Quienes en cualquier ciudad acuden a las manifestaciones tienen todo el derecho a hacerlo. Hay razones de sobra para la contestación y el hastío. Ahora bien, esto de Iglesias y su cuerpo de baile flirteando con rodear la Cámara, hombro con hombro, codo con codo con quienes afirman que facilitar la investidura de Rajoy es un golpe de Estado acampa en las delgadas líneas que separan la demagogia, el bochorno, la caricatura y la trampa (un gobierno ilegítimo de un régimen ilegítimo, afirman sin despeinarse). Cabría preguntar a Iglesias si solo él, su graciosa majestad, tiene la autoridad para repartir certificados de legitimidad democrática -solo entre quienes le dan la razón, claro-. Los suyos tendrían que explicar qué país proponen, qué modelo, qué arquitectura legal, qué urnas, qué hacer cuando el electorado los apoya por debajo de sus expectativas o cuando con garantías incontestables los ciudadanos deciden éste y no otro Congreso. Aplaudir una protesta en la que se describe como golpe de Estado o gobierno ilegítimo lo que las urnas han querido, guste o no, duela o no, sorprenda o no lo que se vota, retrata a quienes, en los alrededores de Iglesias, están faltando al respeto tanto a quienes se sientan en el Congreso como a los que lo rodean.
Dentro o fuera
O se está dentro del Congreso o se está fuera, rodeándolo; con o contra las urnas, con o contra el escaño.
