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La mierda de Halloween

Halloween es una mierda de festividad anglosajona, mayormente norteamericana, que no tiene parecido alguno con nuestra respetuosa fiesta de difuntos.

Halloween es una mierda de festividad anglosajona, mayormente norteamericana, que no tiene parecido alguno con nuestra respetuosa fiesta de difuntos. Se trata de ponerse horribles caretas con calaveras y tipos feos, colocar telarañas artificiales en las esquinas de las casas, que luego cuesta quitar, y creernos todos miembros de la familia Monster. Un horror. Los molestos niños tocan los timbres de las casas en busca de caramelos, los almacenes que venden todo eso se forran y a nosotros nos han endilgado una fiesta que no nos corresponde. Una celebración que nadie entiende en España pero que todo el mundo, como vulgares papanatas, la ha hecho suya, danzando como el tonto de capirote catalán, ese Iceta, que baila por todo, aunque a este no le haga falta la careta, sino sólo el elástico. Llega Halloween, porque veo algunos locales horrorosamente decorados con murciélagos con cabeza humana, gente con la boca abierta y la lengua encarnada y danzones a pilas entonando canciones macabras y profiriendo gritos dignos de una manifestación podemita.

O sea, que no sueñen ustedes que un servidor se adhiera a toda esa porquería, porque no me da la gana. Yo celebro lo que hay que celebrar y detesto lo que nos quieren meter con calzador los americanos, en colaboración con los grandes almacenes. Eso de Halloween no lo soporto, me da dolor de cabeza e incluso me provoca pesadillas, sobre todo cuando los niños tocan el timbre; me dan ganas de lanzarles un cubo de agua, eso sí, teñida de rojo, y de reenviarlos, coloreados, a la casa de sus señores padres para que los limpien. En fin, que me da que porque yo diga todo esto aquí no se va a detener el día de Halloween, amparado por fuertes respaldos comerciales. Al fin y al cabo, uno es un desgraciado.

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